Antártida

 

Ella se acurrucó contra él y rápidamente se durmieron, el adorable sueño de niños, y se despertaron en la oscuridad, hambrientos.

Mientras él se hacía cargo de la cena, ella se sentó en el sofá, con el gato en el regazo, y miró un documental sobre la Antártida, millas de nieve, pingüinos que arrastraban las patas con vientos bajo cero, el Capitán Cook navegando en busca del continente perdido. Él se apareció con una servilleta en el hombro y le ofreció una copa de vino helado.

—Tú —le dijo— tienes algo con los exploradores. —Y se inclinó sobre el respaldo del sofá y la besó.

—¿Con qué te ayudo? —preguntó la mujer.

—Con nada —respondió él y volvió a la cocina.

Ella bebió su vino y sintió cómo el frío le bajaba por el estómago. Lo podía oír cortando verduras, el hervor del agua sobre la hornalla. El olor de la cena flotó por los cuartos. Coriandro, jugo de lima, cebollas. Podría seguir borracha; podría vivir así. Él volvió y dispuso los cubiertos en la mesa, encendió una vela verde y gorda, dobló las servilletas de papel. Se veían como pirámides pequeñas y blancas, bajo la vigilancia de la llama. Ella apagó el televisor y acarició al gato. Su pelo blanco cayó en la bata azul oscura, de talla mucho más grande que la suya. Vio el humo del fuego de otro hombre del otro lado de la ventana, pero no pensó en su marido, y su amante tampoco mencionó la vida hogareña de ella ni una vez.

En cambio, con ensalada griega y trucha grillada, por alguna razón la conversación tuvo al infierno como tema.

De niña, le habían dicho que el infierno era diferente para cada persona, la peor de las situaciones posibles que uno imaginara.

—Siempre pensé que el infierno sería un sitio insoportablemente frío, en el cual una estaría medio congelada, pero sin perder la conciencia y sin sentir verdaderamente nada —dijo la mujer—. No habría nada, salvo un sol frío y el diablo, allí, mirándote.


Claire Keegan, Antártida

Cuento

La canción de las focas de Weddell

 

 


La calma es extraordinaria, es la naturaleza en reposo, una naturaleza extraña, feroz y suave al mismo tiempo, con colores en perpetuo cambio que hacen que este grandioso paisaje varíe infinitamente.

Cierro los ojos y los gritos de las gaviotas y cormoranes, idénticos en todas las latitudes, me devuelven a otro soleado mes de septiembre, allá, en las costas de Francia ... pero cuando abro los ojos el sueño se desvanece.

Y de repente una extraña canción en la calma de esta noche se eleva a la orilla del mar, una especie de gorgoteo, como un líquido que sale de una gran botella de cuello estrecho, luego un silbido lento y modulado, finalmente un gemido largo y muy suave que se va. La misma canción responde al primero y al tercero aún más. Estas son las focas de Weddell cantando así. La impresión es extraña, triste y deliciosa a la vez, las canciones se repiten con su dulzura y su encanto, inmóviles y silenciosos escuchamos, impregnados de todas las sensaciones impuestas por esta naturaleza misteriosa.

¿No son las sirenas del divino Ulises, gran gloria de los Akhaiens, que huyeron de la civilización invasora para refugiarse en este mundo donde se encuentran templos de cristal puro, cuevas de hadas, arrecifes "cuyo pico agudo» alcanza el alto Urano, que una nube azul envuelve constantemente y cuya serenidad nunca baña las cumbres, ni en verano ni en otoño”, donde se vive en medio de los terrores y de la dulzura de la mitología?

Mientras que estas extrañas melodı́as se continúan, "Helios cayó y los valles y el mar están llenos de sombras".

 

Jean-Baptiste Charcot, El Pourquoi-pas? en la Antártida

 

 

Fragmento tomado del documental Encounters at the End of the World de Werner Herzog:

 
 
 

Video de RT en español:


 

Antártica


 

LA VIRGEN DE LOS HIELOS

 

En este continente blanco y de la muerte, alguien vive. Sus habitantes se agitan, teniendo por medio el hielo y la soledad.

Desde su centro se expresa eternamente con el frio en forma despiadada y feroz.

En la Antártica se apoderan de los hombres los pensamientos obsesionantes y los terrores, es el abrazo de La Virgen de los Hielos, que domina entre el viento y la nieve.

El hombre, frente a un medio totalmente distinto al propio, reacciona en forma increíble, padeciendo las más absurdas dificultades.

Empieza a perder la vivacidad. El silencio, la hosquedad, tristeza muda como de roca y finalmente el aullido lastimero que da rienda suelta a su desequilibrio provocado por el ambiente.

Librado de los brazos de La Virgen de los Hielos, vuelve a su normalidad o anormalidad latente desatada con el medio.

 

Oreste Plath, Geografía del mito y la leyenda chilenos

Libro (págs. 389-399)