La Antártida como mito y como realidad

 

Es la Antártida uno de los mundos más extraños para nosotros. Más que un trozo del planeta sometido a leyes en el fondo análogas a las que rigen el mundo que de ordinario nos envuelve, pudiera tomársele por el producto de una poderosa y voluble imaginación proyectada sobre un vasto escenario. En los capítulos precedentes hemos visto cómo el hombre tuvo que poner en juego todos sus recursos intelectuales, físicos y morales para penetrar en estas desiertas soledades del planeta, en donde no crece una sola de las plantas que pueblan nuestros bosques y praderas. Con la excepción de sus contornos, sobre este continente de más de 14.000.000 de km2 ningún ser se atreve a disputar a las fuerzas físicas, de un modo permanente, la plenitud de su poder.

 

Pero esto no ha ocurrido siempre. Como tuvimos ocasión de señalar, entre los materiales enterrados bajo el escudo de los hielos y las nieves se hallan abundantes testimonios de que en épocas remotísimas de la historia del planeta este escenario muerto estuvo animado por una vegetación rica. Sobre estos árboles de los que sólo quedan huellas fragmentadas habrán cantado los pájaros y los reptiles y otras alimañas habrán trepado por sus troncos, como hoy trepan en otros puntos del planeta. Hay indicios de que el espesor de los hielos de la Antártida, o al menos en ciertos puntos, disminuye de año en año. Así al irrumpir el Discovery en enero de 1902 en el mar de Ross y contemplar los volcanes Erebo y Terror desde el norte, sus tripulantes quedaron sorprendidos, entre otras cosas, de ver sus laderas desnudas de nieve. Los bocetos de estos montes hechos cuando Ross los descubrió no ofrecían indicio alguno que permitiese suponerlos al descubierto. A su regreso a Inglaterra Scott visitó a Sir Joseph Dalton Hooker -el notable viajero y botánico que había acompañado a Ross a la Antártida casi sesenta años atrás en calidad de médico ayudante- entre otras cosas para preguntarle cuál era entonces la apariencia de dichos picos. La respuesta fue que él estaba casi seguro de que las laderas del Terror estaban cubiertas de nieve. Y Scott se pregunta si esta capa de hielo, que se extiende por todas partes, pudo desaparecer de esta región en el plazo comparativamente corto de sesenta años. Pero otros testimonios posteriores tienden a confirmar el supuesto de que los hielos antárticos se hallan en retirada desde hace tiempo, como si estuviésemos asistiendo al retroceso de una glaciación.

José Otero Espasandín, La Antártida como mito y como realidad

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El Pourquoi-pas? en la Antártida

 

 

 

Al principio las cosas van bien, los icebergs que enfrentamos son grandes y están lo suficientemente espaciados para poder maniobrar a tiempo, pero después de cuatro horas en el mar en plena ebullición, se colocan en todos lados icebergs y bloques de hielo. Los hombres en intervalos cortos deben esperar su turno en el timón, la maniobra continua es agotadora. Siento que soy atraı́do por un torrente invisible en un abismo negro, del cual ignoro el final; sin dejar el megáfono, yo grito órdenes que son contradictorias; estamos navegando en un corredor sinuoso, abarrotado de grandes bloques que deben ser evitados a cualquier precio; en la niebla nos movemos hacia adelante, los icebergs aparecen y desparecen en esta atmósfera cargada, no sabemos si incluso un pasaje se abrirá ante nosotros. La preocupación se convierte en una especie de intoxicación; ya no nos damos cuenta del peligro y de nuestro rumbo, el menor impacto, el menor error de juicio puede convertirse en una catástrofe, se convierte ahora en un deporte. ¿Pasaremos o no pasaremos? El torrente nos lleva, la parte superior de los icebergs que parecen rozarnos nos dominan y los pequeños parecen danzar frente a nosotros. Las horas huyen y en lo desconocido continúa la loca carrera. En este momento, si la cosa más bizarra, más extraña habría estado ante mí no me hubiera sorpendido, pero sólo son masas blancas y barreras que destacan sobre un fondo negro, del cual brota el mar en altos chorros que caen de nuevo sobre el bote y luego desaparece detrás de nosotros.

De repente, frente a mí, el negro abismo se vuelve brillante y dorado, deslumbrante con claridad, aumentando lo extraño, lo inquietante y lo fantástico, dando la impresión de entrar en el paraíso después de salir del infierno. Esta claridad se produce simplemente por el Iceblink1 de una gran placa de hielo a la deriva, y tan pronto como entramos en el pequeño hielo, el mar se calma y el ruido sordo es como un descanso reparador después de las olas rompiendo al pie de los icebergs.

Este hielo flotante se cruza rápidamente, la tormenta todavía sopla, pero el clima se está despejando y los icebergs son cada vez más raros. Me tiro durante dos horas en mi litera, y cuando me despierto me pregunto si esta extraña navegación no fue un sueño.

 

Jean-Baptiste Charcot, El Pourquoi-pas? en la Antártida

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1  Parpadeo del hielo.

Le Français en el Polo Sur

 

 


 

6 de febrero (1905)

 

Con Gourdon, Matha, Pierre, Besnard y Rallier, desembarcamos para hacer unas estaciones hidrograficas, en la pequeña isla que está separada de Wiencke por el canal Peltier.      

Cruzando grietas grandes y profundas lo mejor que puedo, subo con Pierre a la parte superior de esta isla: la vista es magnífica y, con una pequeña punzada en el corazón, veo la isla Wandel.

Entonces, ¿de dónde viene la extraña atracción de estas regiones polares, tan poderosa, tan tenaz, que al regresar de ellas nos olvidamos del cansancio, moral y físico, para pensar sólo en regresar? ¿De dónde proviene el increíble encanto de estas regiones aún desiertas y aterradoras? ¿Es el placer de lo desconocido, la embriaguez de la lucha y el esfuerzo por lograr y vivir allí, el orgullo de intentar y hacer lo que otros no han hecho, la dulzura de estar lejos de la mezquindad? Un poco de todo eso, pero también hay algo más. Durante mucho tiempo pensé que sentía más intensamente, en esta desolación y muerte, el placer de mi propia vida. Pero hoy siento que estas regiones nos golpean, de alguna manera, con una impronta religiosa. En latitudes templadas o ecuatoriales, la naturaleza ha proporcionado sus esfuerzos en un enjambre de vida animal y vegetal, intenso, incansable, todo nace, crece y se multiplica, actúa y muere para ayudarse mutuamente en la reproducción, para asegurar la perpetuidad de la vida. Aquí está el santuario de los santuarios, donde la naturaleza se revela en su formidable poder, como la divinidad egipcia que se cobija en la sombra y el silencio del templo, lejos de todo, lejos de la vida que, sin embargo, crea y gobierna. El hombre que ha podido entrar en este lugar siente que su alma se eleva.

 

Jean-Baptiste Charcot, Le Français en el Polo Sur

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El continente de la luz

 

El continente de la luz. Primeras expediciones chilenas en la Antártica.

Se trata de un registro fílmico de las 3 expediciones chilenas a la Antártida que ocurrieron entre 1947 y 1949, material que fue resguardado por el INACH (Instituto Antártico Chileno) durante varias décadas, posteriormente recuperado por la Cineteca Nacional a petición del periodista Elías Barticevic. «Rafael Cheuquelaf emprendió la tarea de ordenar y clasificar imágenes que estaban desordenadas y sin descripción. Para ello se hizo un trabajo de investigación, usando como principal referencia el libro "Base Soberanía y otros Recuerdos Antárticos Chilenos" de Oscar Pinochet de la Barra, protagonista y testigo presencial de estas expediciones. El resultado es una película que incluye la música del dúo magallánico LLUVIA ACIDA, con temas de su disco "Antartikos" (Eolo, 2005). Para LLUVIA ACIDA, "estas imágenes son el testimonio de uno de los momentos más importantes e inspiradores de la Historia Chilena del Siglo XX."

 

El continente de la luz. Primeras expediciones chilenas en la antártica (Chile, 2012)

Dirección y edición: Rafael Cheuquelaf

Restauración y digitalización: CINETECA NACIONAL

Transfer adicional: Fernando Calcutta

Posproducción de video: Jaime Jiménez Villar Pablo Ruiz Teneb Digitalización de Fotografías: Jessica Muñoz (Biblioteca INACH)

Música: Dúo LLUVIA ACIDA Temas compuestos por Héctor Aguilar y Rafael Cheuquelaf, incluidos en el disco "ANTARTIKOS" (Eolo, 2007)

Producción Ejecutiva: Rafael Cheuquelaf Elías Barticevic Cristian Valle

Película