Mocha Dick o la ballena blanca del Pacífico: una hoja de un diario manuscrito

 


 

Volvamos a Mocha Dick, lo cual, señalemos, pocos ansiaban hacer entre los que habían escapado de él. Aquel renombrado monstruo, que había salido victorioso de cien combates con sus perseguidores, era una vieja ballena macho de un tamaño y una fuerza prodigiosas. Por efecto de la edad o, más probablemente, por un capricho de la naturaleza, como en el caso del albino etíope, se daba en él una circunstancia singular: ¡era blanco como la lana! En vez de proyectar su chorro hacia adelante y de resoplar con un esfuerzo breve y convulsivo acompañado por un ruido ronco, como es usual en su especie, él disparaba el agua de su nariz en un alto chorro perpendicular que arriba se expandía, en intervalos regulares y un tanto distantes, y la expulsión producía un rugido continuo, como el del vapor escapándose de la válvula de seguridad de una potente máquina de vapor. Viéndolo de lejos, sólo la mirada ejercitada del marinero podía determinar que la masa móvil que constituía aquel enorme animal no era una nube blanca deslizándose sobre el horizonte. En los cachalotes, raras veces se encuentran moluscos, pero en la cabeza de aquel lusus naturae1 se arracimaban las conchas hasta el punto de hacerla absolutamente rugosa. En suma: fuese como fuese que se lo mirase, era el más extraordinario de los peces o, dicho al modo dialectal de Nantucket, «un curtido veterano» de la categoría más selecta.

(...)

Las opiniones difieren en cuanto a la fecha de su descubrimiento. No hay duda, sin embargo, de que ya antes del año 1810 fue visto y atacado cerca de la isla Mocha. Se sabe que muchos botes fueron destrozados por su inmensa cola o mascados y desmenuzados por sus potentes mandíbulas; y se dice que, en cierta ocasión, salió vencedor de un enfrentamiento con las tripulaciones de tres balleneros ingleses, y que golpeó ferozmente al último de los botes en retirada en el momento en que lo sacaban del agua y lo suspendían de los pescantes del barco. No se suponga, sin embargo, que nuestro leviatán saliese indemne de todas esas batallas encarnizadas. Un lomo erizado de hierros, y entre cincuenta y cien yardas2 de estacha arrastrándose en su estela, atestiguaban suficientemente que, aunque invicto, no se mostraba invulnerable. Desde el tiempo de su primera aparición, la celebridad de Dick no paró de aumentar y llegó al punto de que, según parece, su nombre se introducía con naturalidad en los saludos que los balleneros se intercambiaban en sus encuentros en el gran Pacífico, terminando las preguntas habituales casi siempre con: «¿Nada nuevo de Mocha Dick?»3. De hecho, prácticamente todo capitán que doblaba el cabo de Hornos, si tenía alguna ambición profesional o se atribuía la capacidad de someter al monarca de los mares, reseguía la costa con su barco con la esperanza de encontrar la oportunidad de poner a prueba la musculatura de aquel duro campeón que nunca, que se supiera, había esquivado a sus atacantes. Se observó, eso sí, que aquel veterano parecía tener especial cuidado en cuanto a la parte de su cuerpo que exponía a la aproximación del timonel del bote, porque en general, por medio de una oportuna maniobra, presentaba la espalda al arponero y frustraba hábilmente todo intento de clavar un arpón bajo su aleta o una lanza en su vientre. Aunque feroz por naturaleza, no era habitual que Dick, si no le atacaban, mostrase inclinaciones malignas. Al contrario: a veces daba vueltas tranquilamente alrededor de una nave, y en ocasiones nadaba perezosa e inofensivamente entre los botes equipados con todo lo necesario para la destrucción de su raza. Pero aquella benignidad no le valía de mucho porque, si no les quedaba otro motivo para incriminarlo, sus enemigos juraban ver una maldad latente en el largo y despreocupado barrido de su cola. Fuese como fuese, lo indudable es que toda su indiferencia se desvanecía con el primer pinchazo del arpón, y cortar la estacha y un rápido repliegue hacia el barco eran a menudo los únicos medios que encontraban sus frustrados atacantes de escapar a la destrucción.

Jeremiah N. Reynolds, Mocha Dick o la ballena blanca del Pacífico: una hoja de un diario manuscrito

 Libro

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


1  Broma o burla de la naturaleza. (N. d. E.)

2  Otros tantos metros (una yarda equivale a 0,9144 metros). (N. d. E.)

3  En Moby Dick, en los encuentros del Pequod con otros barcos, la

primera pregunta invariable del capitán Ahab es: «¿Has visto a la ballena

blanca?». (N. d. E.)

Narración del muy extraordinario y desdichado naufragio del ballenero Essex

 

El habla y el raciocinio se habían deteriorado considerablemente, y nos veíamos reducidos a ser, sin ninguna duda, los seres más desvalidos y desgraciados de la raza humana. Isaac Cole, uno de la tripulación, el día antes, en un arranque de desesperación, se dejó caer al fondo del bote, decidido a esperar en reposo la llegada de la muerte. Era evidente que no le quedaba ninguna posibilidad. Todo estaba oscuro, dijo, en su mente, ni un solo rayo de esperanza le quedaba que lo estimulase, y era una locura y un disparate seguir luchando contra lo que tan palpablemente parecía fijado como un destino ineluctable. Discutí con él tan eficazmente como me lo permitían el cuerpo y el juicio, y lo que le dije pareció tener por un momento un efecto notable: hizo un esfuerzo tremendo y repentino, medio se levantó, se arrastró a proa, izó el foque y gritó con fuerza que no se rendiría, que viviría tanto como el resto de nosotros. Pero ¡ay!, el esfuerzo fue sólo la fiebre frenética de un momento, y pronto recayó en el abatimiento y la desesperación. Aquel día su razón fue atacada, y hacia las nueve de la mañana el pobre era un lastimoso espectáculo de locura: hablaba de todo sin coherencia, pedía a gritos una servilleta y agua, y después se dejaba yacer otra vez estúpida e insensatamente en el fondo del bote, cerrando sus ojos hundidos en las órbitas, como si estuviese muerto. Hacia las diez de la mañana nos dimos cuenta, de repente, de que ya no podía hablar. Lo pusimos como pudimos sobre una tabla encima de una bancada, lo tapamos con ropas viejas y lo dejamos a su suerte. Estuvo tendido, según parecía con grandes dolores y angustias, hasta las cuatro de la tarde, hora en que murió entre las convulsiones más horrendas y espantosas que yo haya visto. Tuvimos su cadáver a bordo toda la noche, y por la mañana mis dos compañeros se disponían por inercia a hacer los preparativos para entregarlo al mar. Pero, tras pensar en ello toda la noche, ¡les hablé del penoso tema de conservar el cadáver como comida! Las provisiones no durarían más de otros tres días, tiempo en el cual no era nada probable que encontrásemos alivio a nuestros sufrimientos, y después el hambre nos empujaría a la necesidad de echar suertes. No hubo ninguna objeción, y pusimos manos a la obra lo antes posible para prepararlo de modo que no se echase a perder. Separamos del cuerpo las extremidades, cortamos la carne hasta los huesos, abrimos el tronco, sacamos el corazón, volvimos a cerrarlo, lo cosimos tan decentemente como pudimos y lo entregamos al mar. Empezamos a satisfacer las exigencias inmediatas de la naturaleza con el corazón, que devoramos con avidez, comimos con mesura un poco de carne, y colgamos el resto, cortado en tiras delgadas, aquí y allí en el bote, para secarlo al sol. Hicimos fuego y asamos una cierta cantidad para el día siguiente. Así dispusimos de nuestro compañero de sufrimientos, y ahora el recuerdo trae a mi mente algunas de las ideas más desagradables y repulsivas que es capaz de concebir. No sabíamos quién sería el próximo a quien le tocaría o morir o ser sacrificado y comido como el desdichado que acabábamos de despachar. La humanidad ha de estremecerse ante la horrible escena. No tengo palabras para describir la angustia de las almas ante aquel horrible dilema. A la mañana del día siguiente, 10 de febrero, vimos que la carne se estropeaba: se había vuelto de un color verdoso, y decidimos encender fuego y cocinarla de inmediato para evitar que se pudriese tanto que no pudiéramos comerla. Así lo hicimos, y nos duró otros seis o siete días, tiempo durante el cual conservamos intacto el pan: era difícil que se echase a perder y lo reservábamos cuidadosamente para los últimos momentos de nuestra prueba. Hacia las tres de aquella tarde sopló una fuerte brisa del nortenoroeste y progresamos muy bien si se tiene en cuenta que no podíamos gobernar el bote más que mediante el manejo de las velas. Aquel viento continuó hasta el trece, y de nuevo cambió a proa. Nos las arreglamos para mantener el alma unida al cuerpo comiendo ahorrativamente la carne, cortada a pedacitos y tomada con agua salada. El catorce, nuestros cuerpos se habían rehecho lo suficiente para que nos permitiéramos unos intentos de gobernar de nuevo con el timón. Haciendo turnos, lo conseguimos, y avanzamos tolerablemente bien. El quince, se había terminado la carne y tuvimos que recurrir al último bocado de pan, que consistía en dos galletas. Durante los últimos dos días las extremidades se nos habían hinchado muchísimo, y empezaban a dolernos terriblemente. Estábamos todavía, hasta donde podíamos juzgarlo, a trescientas millas de tierra, y sólo teníamos raciones para tres días. La esperanza de que continuase el viento, que cambió al oeste aquella mañana, era el único consuelo y alivio que nos quedaba. Tan fuertes acabaron siendo nuestros deseos al respecto que se instalaron en las venas una fiebre y un anhelo que nada más que la persistencia de aquel viento podía satisfacer. Todo llegaba a su extremo entre nosotros: toda nuestra esperanza se depositaba en la brisa y esperábamos, temblorosos y atemorizados, su continuación y el horrible desarrollo de nuestro destino. El dieciséis por la noche, presa de horrendas reflexiones sobre nuestra situación y jadeando de debilidad, me eché para dormir, y casi tanto me daba si volvería a ver la luz del día. No hacía mucho que dormía cuando soñé que veía un barco a cierta distancia y tensaba todos los nervios para llegar a él, pero no podía. Me desperté casi aturdido por la excitación que había tenido en sueños, y herido por las crueldades de una imaginación enferma y decepcionada. El diecisiete, por la tarde, se formó una densa nube a este-nordeste, y aquello, en mi opinión, indicaba la cercanía de una tierra, y supuse que sería la isla de Más Afuera. Concluí que no podía ser otra, y justo después de pensarlo la sangre volvió a fluir con ligereza en mis venas. Dije a mis compañeros que estaba del todo convencido de que era tierra y, de ser así, con toda probabilidad la alcanzaríamos en menos de dos días. Mis palabras parecieron reconfortarlos mucho y, gracias a repetidas garantías en cuanto a que las apariencias nos eran favorables, sus ánimos llegaron incluso a un grado de elasticidad realmente pasmoso. Los siniestros trazos de nuestra desgracia empezaron a diluirse y las caras, incluso en medio de los tristes presagios de nuestra dura suerte, a adquirir un aire mucho más fresco. Pusimos proa hacia la nube, y aquella noche el progreso fue extraordinariamente bueno. A la mañana siguiente, antes del amanecer, Thomas Nickerson, un chico de unos diecisiete años, uno de los dos compañeros que habían sobrevivido conmigo, después de achicar el bote se tumbó, se echó encima un trozo de lona y gritó que deseaba morir enseguida. Vi que se rendía, le hablé para reconfortarlo y animarlo, y traté de convencerlo de que era una gran debilidad e incluso una maldad abandonar la confianza en el Todopoderoso mientras nos quedasen la menor esperanza y un soplo de aliento. Pero no fue receptivo a ninguna de las consideraciones de consuelo que hice y, a pesar de las altísimas probabilidades de que, según yo decía, llegásemos a tierra antes de transcurrir otros dos días, persistió en continuar tumbado y abandonarse a la desesperación. Su cara adoptó un aire de resuelta e insuperable desolación. Calló largo rato, hosco y apenado, y me convencí de que el frío de la muerte penetraba aprisa en él. Había en su actitud una seriedad súbita e inexplicable que me alarmó, y me hizo temer que también de mí pudiera apoderarse de repente una debilidad o un mareo que me privasen de la razón y de la vida, pero la Providencia lo quiso de otro modo.

Owen Chase, Narración del muy extraordinario y desdichado naufragio del ballenero Essex; que fue atacado y finalmente destruido por un gran cachalote 

Libro

Terror en la Antártida

 


 La Antártida. Polo Sur del globo terráqueo. Catorce millones de kilómetros cuadrados de suelo helado, toneladas y toneladas de hielo, frío intenso. Y allí, en aquella vasta superficie blanca y gélida, se alzaba la base científica estadounidense, en la que trabajaban varios hombres y mujeres, totalmente aislados, muy lejos de la civilización. Y existe también una bestia… Un ser totalmente blanco Sí, totalmente blanco, desde la cabeza a los pies. Un ser gigantesco que mide alrededor de dos metros y medio. Su cabeza es monstruosa, lo mismo que su cara. Tiene los ojos redondos y salidos, y parecen despedir fuego cuando se enfurece. Las orejas son grandes y puntiagudas. Los labios, muy gruesos. Sus dientes son terroríficos. Auténticos colmillos. En cuanto a sus manos, enormes, son dos poderosas garras, capaces de destrozar cualquier cosa. Es increíblemente veloz y los disparos de rifle no hacen mella en él…

 

                                                          Joseph Berna, Terror en la Antártida

                                                                   
                                                          Libro  


PD: Si acaso existe algo así como Terror Cómico o Terror Humorístico, Joseph Berna es su máximo representante, quizá en un universo paralelo donde los osos polares abundan en la Antártida.

 


El mapa del cielo

 

El 29 de septiembre de 1849 Baltimore despertó arropada por un frío atroz. Era día de elecciones presidenciales y en las puertas de las tabernas, acondicionadas como colegios electorales, los ciudadanos habían prendido hogueras para combatir las bajas temperaturas. Al no encontrar a Allan, Reynolds recordó con un estremecimiento en el alma que una de las prácticas habituales de los partidos era emborrachar a pobres diablos para arrastrarlos de un comicio a otro, obligándoles a votar repetidamente al mismo candidato. De repente, temió que su amigo hubiese sido víctima de uno de aquellos grupos y comenzó a recorrer las calles de Baltimore con andares apresurados, preguntando por el artillero en todas las tabernas que le salían al paso. Y si alguien hubiese podido observar la peregrinación del explorador desde las alturas, como solo yo puedo hacerlo, habría comprobado con amarga tristeza que Reynolds había estado a punto de tropezarse con Allan en más de una ocasión, si no hubiese sido porque, en el último momento, el azar le había hecho tomar una calle en vez de otra. Así, sin que la casualidad quisiera unirlos, Allan deambulaba de taberna en taberna terriblemente ebrio, guiado a empellones por un grupo de desalmados que lo había embaucado nada más atracar el barco en el puerto. Caminaba de un lado a otro abrazado a sí mismo, intentando espantar el frío que se le colaba bajo las ropas de mendigo con que lo habían vestido para mofarse de él, mientras todo se desdibujaba cada vez más a su alrededor, hasta que el agotamiento y la embriaguez le obligaron a postrarse de rodillas ante una de las tabernas, incapaz de levantarse de nuevo, y allí fue abandonado a su suerte por el grupo, como un objeto inservible depositado junto a la basura. Respirando con dificultad y zarandeado por bruscos temblores, Allan contempló la hoguera que ardía ante la entrada de la taberna, intentando que le sirviera de ancla en aquel mundo oscilante. Pero el mareo que lo embargaba hizo que la modesta fogata alcanzara proporciones de incendio, y aquel frío terrible y la frenética danza de las llamas se aliaron para sacudirle la memoria.

Aterrado, Allan sintió que una pequeña esclusa se rompía en su mente, y que la cascada de recuerdos que contenía se derramaba por su conciencia, con una claridad tan cegadora que creyó estar viviéndolos de nuevo: vio el Annawan envuelto en una crepitante cabellera de fuego, vio a los marineros arrojándose sobre el hielo desde la cubierta devorados por las llamas, vio al monstruo de las estrellas avanzando hacia ellos con sus garras teñidas de sangre, vio un reguero de perros decapitados, y oyó la voz de Reynolds ordenándole que se levantara, que debían correr si querían conservar la vida aunque fuese por un puñado de minutos más. Y Allan comenzó a mover los brazos desesperadamente, imaginando que corría pese a encontrarse de rodillas, sin sentir cómo estas se despellejaban al rozar contra el duro suelo. El artillero corría por la nieve, empujado por Reynolds, huyendo del monstruo que anidaba en sus pesadillas y que ahora estaba allí, otra vez detrás de él; un monstruo que había llegado a la Tierra desde Marte o desde algún otro planeta del universo, porque el universo era un lugar habitado por horrendas criaturas que la incompetente imaginación humana ni siquiera era capaz de concebir un monstruo que iba a despedazarle sin remedio porque él ya no podía correr más, porque estaba agotado, porque solo quería tumbarse allí, en el hielo, y dejar que todo terminara. Pero no, su amigo tiraba de él. ¡Corre, Allan, corre, maldita sea! Y él corría, corría en círculos, de rodillas, delante de la fogata, mientras ante sus ojos febriles se extendía una nada blanca e infinita, y oía los bramidos de la criatura a sus espaldas, y sus propios gritos llamando al explorador, demandando su ayuda una y otra vez.

 —¡Reynolds, Reynolds, Reynolds!

 Y siguió llamándolo en el hospital universitario del Washington Medical Collage, donde, tras recorrerse todos los hospitales de la ciudad, Reynolds lo encontró al fin. Habían instalado al delirante Allan en una de las habitaciones privadas con que contaba el hospital, un imponente edificio de cinco plantas y ojivadas ventanas góticas situado en la parte más elevada de Baltimore, conocido por ser espacioso, tener buena ventilación y estar dirigido por una experimentada plantilla médica. Según informó a Reynolds la enfermera que lo guió hasta su planta, atravesando salas atestadas de mendigos en distintos grados de congelación, el artillero no había dejado de llamarlo desde que lo ingresaron. Cuando al fin llegaron al lugar donde agonizaba, Reynolds apenas logró entrever su convulso cuerpo a causa de la mampara que formaban alrededor de su cama un grupo de boquiabiertos estudiantes de medicina, enfermeras y otros facultativos, que debían de haber identificado al conocido escritor.

—Yo soy a quien él llama —se anunció Reynolds con voz grave.

Todos se volvieron hacia la puerta, sorprendidos. Un médico jovencísimo se dirigió a él.

—¡Gracias al cielo! No sabíamos cómo localizarle. Yo soy el doctor Moran. —Reynolds le estrechó la mano con cautela—. Fui quien se ocupó del ingreso del señor Poe... Porque se trata del señor Poe, ¿verdad?, aunque vistiera con ropas de mendigo.

Reynolds observó con tristeza las ropas hediondas que señalaba el médico, dispuestas sobre una silla con un cuidado indigno de aquellos harapos, sin poder evitar preguntarse qué derroteros habría tomado la vida de su amigo durante las horas en que él lo buscaba, para acabar vestido así. Luego contempló el enflaquecido cuerpo de Allan, apenas cubierto por una sábana empapada de sudor.

—Sí, es él —corroboró.

—Lo sospechaba. He leído muchos de sus relatos, ¿sabe? Y no me cabe duda de que su obra le sobrevivirá —dijo el doctor, observando a su célebre paciente con misericordia. Luego volvió a mirar a Reynolds—. El señor Poe llegó hasta el hospital en estado de estupor, sin saber quién lo había traído aquí. Desde entonces no ha parado de gritar su nombre y de asegurar que un monstruo lo persigue. Reynolds asintió con una piadosa sonrisa, como si estuviera acostumbrado a los delirios de su amigo.

 —¿Ha dicho algo más? —preguntó, sin mirar al doctor.

—No, nada más. Se ha limitado a repetir eso una y otra vez.

Y como para confirmar las palabras del médico, el artillero volvió a gemir:

—Viene a por nosotros, Reynolds. El monstruo viene a por nosotros...

El explorador lanzó un suspiro de infinita consternación, y luego contempló al corro de individuos que se arracimaban en torno a la cama de Allan.

—¿Podrían dejarme a solas con él, caballeros? —pidió, en un tono más de orden que de ruego. Y al percibir las reticencias del médico, añadió—: Solo será un momento, doctor. Me gustaría poder despedirme de mi amigo en privado.

—Al paciente no le queda mucho tiempo de vida —protestó el doctor.

—No perdamos más tiempo entonces —respondió secamente Reynolds, sosteniéndole la mirada.

El joven doctor asintió con resignación y le pidió a los demás que lo siguieran.

—Esperaremos fuera. No tarde.

Cuando se encontró solo, Reynolds se acercó al fin a la cama.

 —Ya estoy aquí, Allan —dijo, tomándole de una mano.

El artillero lo miró, intentando enfocarlo con unos ojos vidriosos de animal disecado.

—¡Viene a por nosotros, Reynolds! —volvió a gemir—. Va a matarnos... Ha matado a todos: a Carson, al cirujano, a Peters... y ahora viene a por nosotros... ¡Oh, Dios mío...! ¡Ha venido de Marte para acabar con todos nosotros!

—No, Allan, eso ya pasó... —le aseguró Reynolds con voz afligida, lanzando una recelosa mirada hacia la puerta—. Lo matamos. ¿No lo recuerdas? Lo conseguimos, le vencimos.

Allan paseó una mirada remota a su alrededor, y Reynolds comprendió que el artillero no estaba viendo aquella habitación de hospital.

—¿Dónde estoy? Tengo frío, Reynolds, tengo mucho frío...

Reynolds se quitó su sobretodo y lo extendió sobre el cuerpo de Allan, que permanecía tendido en el hielo, a más de cuarenta grados bajo cero.

—Te vas a poner bien, Allan, no te preocupes. Te recuperarás y volverás a casa. Y podrás seguir escribiendo. Escribirás muchos libros, Allan, ya lo verás...

—Pero tengo tanto frío, Reynolds... —musitó el artillero, algo más calmado—. En realidad, siempre lo he tenido. Me sale del alma, amigo mío—. El explorador asintió con los ojos húmedos. El artillero parecía haber recobrado la razón unos instantes, su mente había regresado de los remotos hielos para acomodarse en el cuerpo que se agitaba en aquella cama de hospital, pero a Reynolds le inquietó la serenidad que había empezado a invadirlo—. Creo que por eso embarqué en aquel maldito buque, para comprobar si existía algún lugar en el mundo dónde hiciera más frío que en mi interior.

El artillero ensayó una carcajada que terminó en un espantoso ataque de tos. Reynolds lo observó convulsionarse sobre el lecho, y temió que aquellas brutales sacudidas acabaran por desmigar su frágil cuerpo. Cuando al fin terminaron, permaneció con la boca abierta, aspirando con ansia el aire de la habitación, que parecía atascarse en algún conducto angosto antes de poder insuflar vida en su pecho.

—¡Allan! —gritó Reynolds, sacudiéndolo suavemente, como si temiera romperlo—. Por favor, Allan...

—Me marcho, amigo mío. Me marcho al lugar donde viven los monstruos... —musitó el artillero con un hilo de voz.

Desesperado, Reynolds observó cómo el cuello de Allan se tensaba y su nariz se afilaba terriblemente. La piel de sus labios había adquirido un intenso color morado. Y comprendió que su amigo se moría. Un sollozo amargo le obstruyó la garganta, pero logró decir:

—Que Dios se apiade de mi pobre alma...

—No temas, Allan. Lo matamos —le repitió el explorador, acariciándole la frente con la ternura de una madre que intenta convencer a su hijo de que en la oscuridad no habita ningún horror, consciente de que aquellas serían las últimas palabras que oiría su amigo —. En el lugar al que vas ya no hay monstruos. Ya no.

Allan trazó una débil sonrisa. Luego apartó sus ojos de Reynolds, los clavó en algún punto del techo, y abandonó su atormentada existencia con un suspiro suave, casi de alivio. A su amigo le sorprendió la discreción de la muerte, no ver el alma del artillero elevarse desde su cuerpo como una paloma que levanta el vuelo. Más por desorientación que por cortesía, permaneció unos minutos junto al lecho, con la pálida mano del artillero todavía entre las suyas, hasta que se la acomodó sobre el pecho con sumo cuidado. No dejaba de resultarle irónico que finalmente hubiese sido él el único testigo de su muerte, ya que no pudo serlo en el Polo Sur.

—Ojalá puedas descansar al fin en paz, amigo mío —dijo.

Cubrió el rostro de Allan con la sábana y abandonó la habitación.

—Ha muerto —murmuró al pasar junto al doctor Moran y sus estudiantes, que aguardaban junto a la puerta—. Pero su obra será inmortal.

Y mientras buscaba la salida del hospital, se preguntó si la obra de Edgar Allan Poe habría sido distinta si su existencia no se hubiera cruzado con la del marciano, o si aquella oscuridad que se cernía sobre su alma no le habría permitido nunca escribir de un modo diferente. Pero eso nadie lo sabía, se dijo, encogiéndose de hombros. Se equivocaba, naturalmente: yo sí, porque mi mirada puede alcanzar a ver todo lo posible e imposible.

                                                           Félix J. Palma, El mapa del cielo

                                                           Libro