El mundo sumergido


 

 La sucesión de gigantescos cataclismos geológicos que transformaron el clima de la Tierra se había iniciado sesenta o setenta años atrás. Una serie de tormentas solares, violentas y prolongadas, provocadas por una inestabilidad repentina del Sol, había ampliado los cinturones de Van Allen y había debilitado la atracción gravitatoria terrestre que retenía las capas exteriores de la ionosfera. Cuando estas capas se desvanecieron en el espacio, dejando a la Tierra sin protección contra las radiaciones solares, la temperatura empezó a subir regularmente, y la atmósfera recalentada se expandió hasta alcanzar los límites de la ionosfera.

La temperatura media subió unos pocos grados por año, en todo el mundo. Las zonas tropicales fueron pronto inhabitables, y poblaciones enteras emigraron hacia el sur y hacia el norte escapando a temperaturas de cincuenta y sesenta grados. Las regiones templadas se convirtieron en tropicales. En Europa y en América del Norte, golpeadas por continuas olas de calor, la temperatura era apenas inferior a los treinta y cinco grados. Las Naciones Unidas dispusieron entonces la colonización de las llanuras antárticas y de la costa septentrional de Canadá y de la Unión Soviética.

Durante un período de veinte años la vida se adaptó gradualmente a estos cambios climáticos. El tempo vital se hizo más lento, como era inevitable, y nadie se decidía a combatir el avance de las junglas. No sólo se aceleró el crecimiento de todas las formas vegetales. Los niveles más altos de radiactividad aumentaron también provocando mutaciones. Pronto aparecieron las primeras variedades botánicas anormales, parecidas a los helechos gigantes del período carbonífero, y las formas inferiores de vida se desarrollaron rápidamente.

Un nuevo e importante cataclismo geológico oscureció estas apariciones. El calentamiento continuo de la atmósfera había empezado a fundir los casquetes polares. Los mares helados de las llanuras antárticas se quebraron y disolvieron. Decenas de millares de témpanos del círculo ártico, Groenlandia y el norte de Europa, la Unión Soviética y América se derramaron en el mar, y millones de metros cúbicos de nieves eternas se licuaron en ríos gigantescos.

En realidad, el nivel del agua en todo el mundo sólo hubiera subido unos pocos pies, pero los vastos torrentes arrastraron millones de toneladas de sedimentos. Los deltas se alzaron en las desembocaduras como diques, extendiendo las costas de los continentes.

Los mares que habían cubierto dos tercios de la superficie total del globo, ocupaban ahora sólo la mitad. Los nuevos mares empujaron hacia las costas el cieno sumergido y modificaron la forma y los contornos de los continentes. El Mediterráneo se transformó en un sistema lacustre, y las Islas Británicas se unieron otra vez a Francia. Las llanuras centrales de los Estados Unidos, cubiertas por las aguas que traía el Mississipi de las montañas Rocosas, se convirtieron en un golfo enorme que se abría en la bahía de Hudson, y en el Caribe asomaron unas salinas barrosas. En Europa el agua se acumuló en lagos, y el barro arrastrado hacia el sur inundó las ciudades de las llanuras.

Durante los treinta años siguientes las poblaciones continuaron emigrando hacia el polo. Unas pocas ciudades fortificadas desafiaron el nivel creciente de las aguas y la invasión de los bosques, pero las murallas cedieron una tras otra. La vida sólo era tolerable en las zonas vecinas a los polos, donde la incidencia oblicua de los rayos del sol debilitaba el poder de las radiaciones. Las ciudades que se alzaban en las regiones montañosas cercanas al ecuador, y donde la temperatura no era tan elevada, habían sido abandonadas también, pues la atmósfera apenas absorbía allí los rayos solares.

El problema del emplazamiento de las poblaciones migratorias encontró su solución en este último factor. La fertilidad cada vez menor de los mamíferos, y la ascendencia creciente de los anfibios y reptiles, mejor adaptados a la vida en las lagunas y pantanos, invirtieron el equilibrio ecológico. En la época del nacimiento de Kerans en el campamento Byrd —una ciudad de diez mil habitantes del norte de Groenlandia— se estimaba que en los casquetes polares no vivían más de cinco millones de hombres.

El nacimiento de un niño era en ese entonces casi una curiosidad, y sólo un matrimonio de cada diez tenía descendencia. Como Kerans se decía a veces, el árbol genealógico de la humanidad se podaba sistemáticamente a sí mismo, acaso retrocediendo en el tiempo, y era posible que un día un segundo Adán y una segunda Eva se encontraran otra vez solos, en un nuevo Edén.

 

                                                           J.G. Ballard, El mundo sumergido

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Misterio en la Antártida

 

 

-Hay algo más -añadió el doctor Winkler- y es la certeza sobre la identidad de estos seres desconocidos. En principio pensé que acaso pudiesen ser descendientes de alguna raza que pobló la Antártida en tiempos remotos, pero descarté definitivamente esta hipótesis porque su aceptación implicaría también una era de perfeccionamiento y desarrollo que se haría demasiado larga aun en las circunstancias más favorables. Hemos de rendirnos a la evidencia, amigos; estamos en poder de unos seres llegados a la Tierra desde otro planeta. Tal vez Marte... acaso Venus... demostrando siempre las hipótesis científicas de la pluralidad de los mundos habitados, las teorías acerca de la posibilidad de vida en los distintos planetas de nuestro sistema solar y las conjeturas acerca de la existencia de otros sistemas, igualmente dotados de vida, poblando la inmensidad del espacio.

 

                                                     Larry Winters*, Misterio en la Antártida

                                                     Libro

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*Seudónimo de José Caballer


La Divina Comedia

 

               Ilustración de William Blake  (créditos de la imagen a quien corresponda)


 

«El rey con las banderas del infierno

está cercano; mas primero mira,»

dijo el guía, «si ves lo que discierno.» 3

 

Como cuando entre nieblas se respira,

o que al anochecer la luz decrece,

se ve un molino que a lo lejos gira, 6

 

grande fábrica así ver me parece.

Contra el viento que viene, busco abrigo.

Y mi guía a su espalda me le ofrece. 9

 

Estaba (en metro con temor lo digo)

do las sombras se ven en transparencia,

cual paja que el cristal lleva consigo; 12

 

donde entre el hielo sufren penitencia,

de pie o cabeza, en arco contraído

el cuerpo, pies y rostro en adherencia. 15

 

Siguiendo por mi guía conducido,

hasta donde le plugo al fin mostrarme

a la criatura de esplendor perdido, 18

 

me detuvo, y atrás hizo quedarme,

diciendo: «Mira a Dite; es el momento

de que tu pecho de energía se arme.» 21

 

Como quedara helado y sin aliento,

no preguntes, lector, ni yo lo escribo,

pues que todo decir es vano intento. 24

 

No estaba muerto, mas no estaba vivo,

y puede imaginarse un ingenioso,

lo que es un semi-muerto y semi-vivo. 27

 

El que impera en el reino doloroso,

está en el hielo, a medias soterrado;

y más bien me igualara yo a un coloso, 30

 

que un gigante a su brazo desdoblado.

¡Cual sería de pies a la cabeza

su gigantesco cuerpo levantado! 33

 

Si su fealdad iguala su belleza

cuando contra el Criador alzó los ojos,

¡razón hay de llorar en la tristeza! 36

 

¡Oh! ¡qué gran maravilla en sus despojos,

cuando le vi tres caras en la testa!

Una delante de colores rojos, 39

 

y otras dos, ayuntadas con aquesta,

que desde el medio de cada ancha espalda

se reunían en lo alto de la cresta.42

 

La diestra, era entre blanca y entre gualda,

y la izquierda, cual son tales y cuales,

los que del Nilo nacen a su falda.45

 

Llevan las tres, dos alas colosales,

cual de tamaño pájaro en el vuelo.

¡Jamás el viento infló velas iguales! 48

 

Eran sin plumas, mas tenían pelo:

¡Murciélago infernal! ¡con que aventaba

tres vientos varios de perenne hielo, 51

 

con que el Cocito todo congelaba!

por seis ojos y seis mejillas llora,

y mezcla el llanto a sanguinosa baba. 54

 

En cada boca un pecador devora,

con sus colmillos, de espadilla a guisa:

de un alma es cada boca torcedora. 57

 

La del frente, algo menos martiriza,

pero su garra, cual de acero dura,

la piel hace pedazos triza a triza. 60

 

«Aquel que sufre la mayor tortura,»

dijo el maestro, «es Judas Iscariote,

cabeza adentro y piernas en soltura. 63

 

De esos cabeza abajo, en otro lote,

el que penda del negro befo, es Bruto,

que sufre sin que el labio queja brote.66

 

El otro es Caeio, fuerte como enjuto.

Mas ya la noche viene y es la hora

de la partida, en la mansión del luto.» 69

 

Me abracé de mi sombra protectora,

y al tentar Lucifer un nuevo vuelo,

pisó el lomo con planta previsora: 72

 

y en seguida, pisando pelo y pelo,

de vello en vello descendiendo fuimos,

entre la helada costra y denso pelo. 75

 

Cuando al anca del monstruo descendimos,

en donde el muslo a compartirse empieza,

en angustia, mi guía y yo nos vimos, 78

 

él puso el pie do estaba su cabeza,

y del pelo se asió, cual si volviera

una vez más al antro más apriesa, 81

 

«¡ Guarda!,» dijo, «¡ que no hay más escalera!»

como hombre que perdiese ya el aliento,

«¡Partir conviene de mansión tan fiera!» 84

 

Por peñasco horadado en su cimiento,

salió, y al deponerme al otro lado,

me dio la explicación del movimiento. 87

 

Alcé los ojos, y quedé asombrado

al ver arriba al infernal coloso

que las piernas había trastornado. 90

 

Cual yo quedé confuso y afanoso,

puede pensarlo el vulgo que no entiende,

como salí, del paso trabajoso. 93

 

«¡De pie!», dijo el maestro, «que aun se extiende,

en larga vía, el áspero camino,

y ya a la media tercia el sol asciende.» 96

 

No era, por cierto, un sitio palatino,

aquel recinto, triste y desolado,

sin luz, y el suelo duro y salvajino. 99

 

«Al dejar el abismo condenado.»

poniéndome de pie, dije a mi guía,

«sácame del error que me ha turbado.102

 

«¿Dó está el hielo? ¿Cómo ese que se erguía,

nos muestra su estatura trastornada?

¿Cómo la noche se convierte en día?»105

 

Y él a mí: «Tu cabeza preocupada,

estar piensa en el centro en que me viste

asir el pelo del que al mundo horada. 108

 

«Mientras que yo bajaba, allí estuviste,

y al revolverme, descendiste, al punto

que todo peso atrae de cuanto existe.111

 

«Ahora, de otro hemisferio te hallas junto,

que es por la tierra santa cobijado,

bajo de cuya cima fué consunto 114

 

«EL que nació y viviera sin pecado:

tienes los pies sobre la estrecha esfera

que la Judeca forma al otro lado: 117

 

«aquí amanece; allá la sombra impera;

y este que por escala nos dio el pelo,

está lo mismo que antes estuviera. 120

 

«A esta parte cayó del alto cielo,

y la tierra, al principio dilatada,

con espanto, tendió del mar el velo,123

 

«y a este hemisferio vino arrebatada;

y dejando vacío el centro roto

aquí formó montaña levantada; 126

 

«y abajo, allá, de Belzebut remoto,

del largo de su tumba una rotura,

que no se ve, más que cercana noto 129

 

«por el son de arroyuelo que murmura,

bajando lento con andar tortuoso,

y en la roca ha cavado su abertura.» 132

 

Entramos al camino tenebroso,

para volver a ver el claro mundo,

y sin cuidarnos de ningún reposo, 135

 

subimos, él primero y yo segundo,

basta del cielo ver las cosas bellas,

por un resquicio de perfil rotundo, 138

a contemplar de nuevo las estrellas.

 

Dante Alighieri, La Divina Comedia. Infierno, Canto XXXIV.

Libro

 

 


Solo

 

En las ocasiones en las que la temperatura estaba a menos cincuenta o sesenta grados, un viento llegaba susurrando con el frío, con un aliento tan afilado que separaba la piel de la cara. Giraba, me torcía y retorcía como podía, pero era imposible eludir su abrazo paralizador. A lo mejor los dedos de mis pies se enfriaban primero y luego morían. Mientras bailaba arriba y abajo para doblarlos y recuperar la circulación se me congelaba la nariz y, para cuando me había ocupado de eso, se me había congelado la mano. Las muñecas, la garganta donde rozaba el casco, la nuca y los tobillos latían mientras fuego y hielo se alternaban para ocuparlos. Congelarse hasta morir debía ser algo extraño. A veces te sientes muy bien. El entumecimiento da paso a una profunda ausencia de sensaciones. Eres tan ajeno al dolor como un hombre bajo los efectos del opio. Pero otras veces, en el frío envolvente, tu angustia es igual que la angustia de un hombre que se ahoga lentamente en sustancias químicas.

 

                                                                                        Richard Evelyn Bird Jr., Solo

 

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Solo

 


LOS PRIMEROS DÍAS DE MAYO no dieron ninguna pista sobre las calamidades por las que pasaría al final del mes. Al contrario, fueron de los días más maravillosos que había vivido. Las ventiscas desaparecieron, el frío se trasladó al Polo Sur, y opuesta a la luna en el cielo color negro carbón, la luz restante del sol difunto ardía como una hoguera. Durante los seis primeros días, la temperatura media fue de -47,03o; la mayoría del tiempo estaba entre los cuarenta y cincuenta bajo cero. Apenas hubo viento. Y el silencio inundó la barrera. Nunca he experimentado un sosiego tan profundo. A veces, adormecía e hipnotizaba como una cascada o cualquier otro tranquilo sonido familiar. Otras veces se introducía en el subconsciente tan imperiosamente como un ruido repentino. Me hacía pensar en el vacío fatal que se da cuando el motor de un avión se detiene abruptamente durante un vuelo. En la barrera era tenso e inmenso y, a pesar de mí mismo, estaba obligado a escuchar nada más que la propia emoción del silencio. Bajo tierra se volvía intenso y concentrado. En mitad de una tarea o mientras leía un libro a veces ponía todos mis sentidos alerta y con recelo, como un inquilino que imagina escuchar a un ladrón en la casa. Entonces, los pequeños sonidos de la cabaña (como el siseo de la estufa, el temblor de los instrumentos o las pulsaciones superpuestas de los cronómetros) destacaban sobre el silencio, todos parecían conscientes de sí mismos y acelerados. Después de un gran vendaval salí de un sueño profundo sin entender el por qué, hasta que comprendí que mi subconsciente, que se había acostumbrado al temblor del tubo de la estufa y al sonido de la ventisca en el tejado, se había inquietado por la calma abrupta.

 Era un asunto extraño. Me sentía como si hubiera sido transportado a otro planeta o a otro horizonte geológico del que el hombre no tuviera conocimientos o recuerdos. Y al mismo tiempo pensaba que era muy bueno para mí; estaba aprendiendo algo sobre lo que los filósofos habían estado insistiendo tanto tiempo: que un hombre puede vivir intensamente sin necesitar montones de cosas. Porque todo mi realismo y escepticismo me invadió con demasiada intensidad como para ser negado; esa sensación exaltada de identificación, de unidad con el mundo exterior que es en parte mística pero también certidumbre. Llegué a entender lo que quería decir Thoreau con las palabras «Mi cuerpo es todo sentimiento». Había momentos en los que me sentía más vivo que en cualquier otro momento de mi vida. Liberado de las distracciones materiales, mis sentidos se desarrollaban en nuevas direcciones, y los asuntos aleatorios o comunes del cielo, la tierra y el espíritu, que normalmente habría ignorado, si es que hubiera llegado a percibirlos, se volvían emocionantes y sublimes. De esta forma:

 

1 de mayo

Esta tarde, en el sotavento de la sastrugi creada por la última tormenta he descubierto una nieve sorprendentemente esponjosa. Era tan ligera que solo con mi aliento ya era suficiente para hacer que los cristales se escapasen como plantas rodadoras, tan frágiles que si soplaba fuerte, se deshacían en pedazos. Lo he llamado «nevadilla». Aunque la mayoría de los copos no eran mucho mayores de medio centímetro, algunos eran pequeños como canicas y otros tan grandes como huevos de oca. Al parecer los había traído esta mañana el ligero viento del oeste. Recogí los suficientes como para llenar una caja; no fue una tarea fácil pues una perturbación tan mínima como la creada por mis manos hacía que los copos se desvanecieran. La caja a la mitad era como una caja de zapatos (aproximadamente 10 decímetros cúbicos), pero el contenido, al derretirse en el cubo, apenas llegaba a medio vaso de agua.

 Luego, durante mi paseo, vi un halo lunar, el primero desde que estaba aquí. Había notado que la luna parecía brillante de una forma casi sobrenatural, pero no había pensado más en ello hasta que algo, quizá un cambio sutil en la calidad de la luz de la luna, devolvió mi atención al cielo. Cuando alcé la mirada una neblina se extendía sobre la cara de la luna y, mientras observaba, un sistema de círculos luminosos se formaba a su alrededor con elegancia. Casi al instante, la luna estaba completamente rodeada por bandas concéntricas de color, y el efecto era como si un arcoíris se hubiera curvado alrededor de una gran moneda de plata. El verde manzana era el color del amplio anillo exterior, cuyo diámetro, según mi estimación, era diecinueve veces el de la propia luna. El efecto duró únicamente unos cinco minutos. Después los colores desaparecieron de la luna, como lo hacen de un arcoíris y, casi simultáneamente, una docena de enormes serpentinas de aurora teñidas de color carmesí, unidas con líneas negras, parecieron salir directamente de la parte superior de la luna. Luego también se desvanecieron.

 

3 de mayo

 … He vuelto a ver en el sureste, tocando el horizonte, una estrella tan brillante que resulta alarmante. La primera vez que la divisé hace algunas semanas me dejé llevar un instante por la noción fantástica de que alguien estaba intentando hacerme una señal, y ese pensamiento ha regresado a mí esta tarde. Es un tipo extraño de estrella que aparece y desaparece de forma irregular, como el parpadeo de una luz. La veleta ha estado dando problemas últimamente. He tenido que trepar al mástil una o dos veces al día para limpiar los contactos. La temperatura se mantiene bastante estable, entre los 50o y 60o bajo cero, y tengo que admitir que esta tarea es más gélida de lo que había imaginado. Congelarme las manos, nariz y mejillas a la vez o por separado siempre que trepo al poste es el pan de cada día. Hoy, por cambiar, se me ha congelado la barbilla. Pero no es todo tan malo como parece…

 

                                                                                         Richard Evelyn Bird Jr., Solo

 

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