Bull Rockett: Peligro en la Antártida

 

-Miren... ¡Allá aparecen los primeros témpanos!

 Tuve que contener el aliento.

 La visibilidad era excepcionalmente buena para la región, y ella nos permitía contemplar en todo su esplendor aquella avanzada de los hielos antárticos.

 Enormes, deslumbradoramente blancos, una larga fila de gigantescos témpanos venía a nuestro encuentro, en lenta deriva hacia el Noroeste. Eran de forma tabular, con mesetas de muchos kilómetros de longitud; uno de ellos recordaba, con fiel exactitud, la silueta de un portaviones.

 Luego otra vez el mar, que apareció casi negro por contraste con la blancura del hielo. Y de nuevo los témpanos, flotando ahora en un mar cubierto por trozos de hielo plano, de poco espesor, que boyaban casi al ras del agua.

 -Ya estamos volando sobre el pack -anunció Warner-. Lo estamos encontrando sorprendentemente pronto.

 -¿El pack?- confieso que la palabra me era nueva.

 -El pack es el hielo de origen marino -explicó Bull-. Es agua de mar congelada por la baja temperatura: va derivando hacia el Norte llevado por las corriente; y pronto llegaremos a verlo formando un campo sólido, una costra ininterrumpida casi sobre el agua...

 -¿Y los témpanos? ¿De qué origen son? ¿No son también formados por el mar, acaso?

 -No. Los témpanos son de origen terrestre; son hielos desprendidos del enorme glaciar que es en realidad la Antártida... El hielo que constantemente se está formando en el interior del continente va empujando al hielo más viejo hacia la periferia, hasta que llega al mar y se quiebra, flotando en esos pedazos colosales que son los témpanos.

 -¿No son demasiado grandes para tener ese origen? ¡Ese que va allí tiene más de quince kilómetros de longitud, por lo menos!

 -Los hay muchísimo más grandes, Bob... No te olvides que todo el continente antártico está cubierto por una capa de hielo de un espesor de más de quinientos metros... ¿Te das cuenta de la fabulosa cantidad de hielo que eso significa?

 Quedé callado. No tanto porque me impresionaran las palabras de Bull sino porque el increíble espectáculo que se nos ofrecía allá abajo no podía ser más tremendo. Los témpanos que avanzaban en procesión, englobados algunos por trozos de pack, eran ahora incontables. E incontables, también, las tonalidades de blanco que ofrecían; los había de blancura mate, lechosa; los había casi azules; los había que parecían de cristal opalino... El mar, en su movimiento incesante, dislocaba aquí y allá la capa del pack; se formaban así canales de agua libre, negros como la tinta por el contraste con tanta blancura.

 Pero poco duró el fascinador espectáculo: entramos en un dosel de bruma y pronto nos encontramos volando en una blanca tiniebla, tan espesa que costaba que costaba ver la punta de las alas. Durante horas volamos así, completamente a ciegas, con una que otra ocasional oportunidad de avistar el helado paisaje en algún claro de la bruma.

 Pero la suerte nos acompañó: cuando nos aproximábamos ya a la posible posición del «Seeteufel» la bruma se abrió, y otra vez pudimos ver el alucinante despliegue del hielo antártico.

 -Cada vez los caminos de agua libre son menos frecuentes- comentó Bull.

 -Sí -asintió Warner-. Nos encontramos ya muy cerca de la costa oriental del Mar de Ross. Diez minutos más y estaremos volando sobre la posición del «Seeteufel» -esto último lo dijo con mal disimulada excitación.

 

H. G. Oesterheld, Bull Rockett: Peligro en la Antártida

Dibujos de portada: Francisco Solano López y Carlos Vogt. 

Viñetas interiores: Paul Campani y Daniel Haupt.

Wunderwaffen

 

Agosto de 1946, Base Nueva Suabia, Antártida.

 Himmler ha creado la Oficina Especial 13, para gestionar investigaciones secretas e «invisibles» del Reich, especialmente en el Polo Sur.

 ¿Qué es el extraño objeto metálico encontrado al cavar un pozo en el hielo?

 ¿Quién es el extraño ser que toma el cuerpo de un teniente del Comando Especial Antipartisanos asignado a Ucrania, pero de misión en la Antártida, para poder comunicarse con los humanos?

 ¿Por qué los nazis podrían ganar la Segunda Guerra Mundial desde el pasado y no en el futuro, con la ayuda de una arma milagrosa de origen extraterrestre? ¿Qué relación tiene todo ello con las nubes y la tormenta eléctrica que hicieron fracasar el desembarco de Normandía por parte de los Aliados?

 ¿Por qué en la ucronía causada por el alienígena en el tiempo-espacio, cierto científico prisionero en Auschwitz, en vez de morir logra escapar y llegar hasta la Casa Blanca para asesorar al presidente Harry S. Truman de EU?

 

Wunderwaffen (Armas Milagrosas) 

Cómic ucrónico escrito por Richard D. Nolane

Dibujos de Maza

Colores de Desmir Miljić - Desko

Éditions Soleil /Ricahrd D. Nolane / Maza

2010-2020...

 

Cómic

 

Vol.IV, página 48:

 

Vol. V, página 44:

 

Vol.VI, página 35:

Vol. VII, página 29:


 

 

Vol.VIII, página 24: 




Vol. IX, página 45:



Vol. X., página 47:


Vol. XI, página 49:


Vol.XII, página 22:


Vol. XIII, página 41:


Vol.IV, página 22:


Vol.XV, página 28:




Vol. XVI, página 45:













 

 

 



Amundsen alcanza el Polo Sur (14-17 de diciembre de 1911)


 

"Oscar Wisting, Sverre Hassel, Helmer Hanssen y Roald Amundsen (de izquierda a derecha) en «Polheim», la tienda erigida en el Polo Sur el 16 de diciembre de 1911. La bandera en lo alto es la de Noruega; mientras que la de abajo lleva el nombre de «Fram». Fotografía de Olav Bjaaland."


 

 

Amundsen alcanza el Polo Sur (14-17 de diciembre)

 

Los ocho kilómetros que los separaban del Polo se convirtieron en una tortura para los noruegos, deseosos de poner a sus perros a correr y salvar lo antes posible la distancia que les quedaba para alcanzar su objetivo. Para Amundsen, que encabezaba la fila, la tensión todavía era mayor y no podía dejar de escudriñar el horizonte en busca de algo que destacase sobre aquella llanura infinita y que señalase el paso de los británicos. Por la fecha sabía que eso no era posible, puesto que se habían adelantado en varios días a los planes más optimistas de Scott; además no creía que éste, con sus caballos, hubiera podido superar el ritmo de sus perros. Sin embargo, el temor y la incertidumbre siempre conviven en el ser humano con la seguridad y el valor. Por otra parte, Amundsen se jugaba mucho en esta aventura.

 

Sobre las tres de la tarde del 14 de diciembre de 1911, el grito de «Alto» de sus compañeros le hizo detenerse. Un rápido reconocimiento a su alrededor le proporcionó la evidencia de que habían sido los primeros en llegar al Polo Sur: lo habían logrado. Un extraño sentimiento se apoderó de Amundsen; durante los últimos dos años había soñado una y otra vez con el instante en el que alcanzaría uno de los dos puntos más ansiados por los exploradores: el Polo Sur Geográfico, y, justo en ese momento, también era consciente de que su sueño de niño y de joven, su deseo más fuerte hasta hacía bien poco tiempo, no era ése. Con una mezcla de honestidad, algo de cinismo y de humor escribiría: «Seguramente nunca un hombre se ha enfrentado, como me pasaba a mí, al hecho de haber alcanzado algo diametralmente opuesto a aquello con lo que ha soñado. Las regiones del Polo Norte –sí, el mismísimo Polo Norte– me habían atraído desde mi juventud, y heme aquí, en el Polo Sur. ¿Cabe imaginar mayor despropósito?» (Amundsen, vol. II, 2001: 121).

 

Sin embargo, no era momento para reflexiones. Lo habían conseguido y todos se reunieron para felicitarse mutuamente por el éxito de la empresa y desplegar su bandera. Durante unos minutos, llenos de orgullo, de respeto y de recuerdos, no pudieron apartar los ojos de aquel símbolo de su país, de la tierra natal que había logrado su independencia hacía tan poco tiempo. El murmullo de la seda agitada con la brisa de la meseta polar, y sus vivos colores que contrastaban con la blancura del paisaje, debió de tener un efecto hipnótico sobre ellos. El momento culminante llegó cuando Amundsen decidió que ese acto histórico de plantar la bandera tenía que ser realizado por todos ellos: «No a uno solo, sino a todos por igual correspondía aquel honor, puesto que todos habíamos empeñado la vida en esa lucha. Sólo de este modo pensé que podía demostrar a mis compañeros mi gratitud» (Amundsen, vol. II, 2001: 122).

 

Cinco manos curtidas por el viento y el frío levantaron el bastón de esquiar, que hacía de improvisado mástil de la bandera, y, con una solemnidad que únicamente se puede conseguir en un acto de estas características, clavaron por primera vez la insignia de un país en el Polo Sur Geográfico.

 

De inmediato, como si quisieran ocultar aquella emotiva manifestación de sentimientos y patriotismo, regresaron a su actividad habitual. Amundsen lo justificaría diciendo: «Estas regiones no se prestan a largas y solemnes ceremonias; cuanto más breve, mejor» (Amundsen, vol. II, 2001: 122). Así que comenzaron a montar el campamento. Esa noche la tienda era una fiesta, y entre risas marcaron todos los objetos que llevaban consigo con las palabras «Polo Sur» y la fecha. Con total naturalidad, el tabaco, que hasta entonces estaba prohibido, hizo su aparición y Amundsen, a quien le gustaba fumar, fue el primero en agradecerlo.

 

Rodeando el Polo

 

Cuando se aproximaba la medianoche, y puesto que el Sol estaba las veinticuatro horas sobre sus cabezas, decidieron hacer una observación solar para recalcular su posición; el resultado fue que todavía no estaban en el Polo, que se encontraban a 89o56’ S. Puesto que para obtener una medida exacta de su posición necesitarían varias horas de cálculos al Sol, y como no estaban seguros de si el tiempo seguiría despejado, recurrieron a un método más expeditivo de asegurar que cumplían su objetivo: recorrer los alrededores para garantizar que el Polo quedase dentro del área pisada por alguno de ellos.

La razón de este comportamiento, aparentemente tan desconfiado, hay que buscarla en la enconada disputa entre Cook y Peary sobre quién había llegado y quién no al Polo Norte. Amundsen, preocupado por que pudiera pasarle una cosa similar con Scott, decidió que, desde donde se encontraban, tres de sus hombres se alejasen esquiando 20 kilómetros en tres direcciones diferentes, la primera en la prolongación de la marcha y las otros dos en direcciones perpendiculares a derecha e izquierda. En principio lo iban a hacer al día siguiente, después de levantarse, pero entre que la excitación no les dejaba dormir y que el tiempo era bueno, los tres optaron por comenzar de inmediato. De ese modo, después de haber recorrido aquel día 30 kilómetros, a las dos de la madrugada se lanzaron a recorrer otros 40 kilómetros entre ida y vuelta, sin ni siquiera la ayuda de una brújula, pues las que llevaban eran muy precisas pero también muy grandes y pesadas, y sólo se podían transportar en los trineos.

 

Más tarde, el prudente y cauteloso Amundsen, que salvo momentos excepcionales siempre se había caracterizado por tratar de evitar el más mínimo peligro que se pudiese prever, escribiría que esa noche tanto él como sus compañeros asumieron un gran riesgo al alejarse por aquel desierto helado sin más orientación para la vuelta que la posición del Sol y sus huellas sobre la nieve, ya que al primero lo podrían ocultar las nubes en cualquier momento y las segundas podrían desaparecer en cuanto se levantase algo de viento, condenándoles a errar por la meseta hasta encontrar la tienda o la muerte.

 

Mientras sus tres hombres se lanzaban al peligro, él y Helmer-Hanssen, aprovechando que el cielo seguía despejado, empezaron a hacer medidas al Sol cada hora para poder calcular mejor el círculo de latitud donde se encontraban y, lo más importante, la dirección a seguir para alcanzar el Polo en caso de que no estuviesen sobre él. Después de ocho horas de marcha regresaron sus compañeros, prácticamente al mismo tiempo. Cada uno de ellos había clavado al final de su recorrido uno de los patines de repuesto de los trineos, que tenían cuatro metros de largo, en cuyo extremo superior habían atado un trozo de tela oscura y donde habían sujetado un papel indicando la posición donde estaban acampados.

 

Polheim, el hogar del Polo

 

Los resultados de las observaciones les indicaron que todavía se encontraban a unos 10 kilómetros de su objetivo y, pese a que eso significaba que el Polo estaba dentro del área que habían recorrido los esquiadores, decidieron, puesto que el tiempo seguía siendo bueno y tenían reservas de comida para dieciocho días, seguir hacia allá al día siguiente. Así, el 16 de diciembre, después de abandonar un trineo, dividir los dieciséis perros que les quedaban entre los dos trineos restantes y redistribuir las provisiones y equipos, hicieron su última marcha hasta el Polo. Una vez alcanzado acamparon de nuevo y lo prepararon todo para volver a tomar medidas al Sol cada hora, esta vez durante un día completo. El resultado fue que no se encontraban exactamente en el Polo Sur, pero sí tan cerca como el error de los instrumentos podía indicar y, con la satisfacción del deber cumplido, comenzaron a preparar todo para el regreso a Framheim y luego a casa. Sobre sus cabezas, el Sol mantenía, a simple vista, la misma altura sobre el horizonte.

 

Esa noche Bjaaland sorprendió a todos pronunciando un pequeño discurso, al término del cual, precisamente él que no fumaba, sacó una caja de puros que había llevado para la ocasión. Después de que todos cogieran uno todavía quedaban tres, lo que según algunos biógrafos fue el particular, y secreto, homenaje de Bjaaland a los tres compañeros que esa noche deberían haber estado con ellos. Luego le dio la caja con los restantes a Amundsen «en recuerdo del Polo» (Bomann-Larsen, 2006: 108), quien no debió de darse cuenta de esta sutil insinuación dado que escribió que guardaría ese regalo «como un símbolo de aprecio de mis compañeros» (Amundsen, vol. II, 2001: 132).

 

A la mañana siguiente montaron una pequeña tienda que llevaban de repuesto, en cuya parte superior colocaron una bandera noruega y un banderín del Fram. Para su sorpresa, al montar la tienda encontraron que sus compañeros del barco habían cosido a la tela unos trozos de piel con mensajes de ánimo, entre ellos un «Bienvenidos a 90o S». En el interior de la tienda dejaron diversos instrumentos y material de abrigo y Amundsen preparó dos cartas: la primera, una sucinta narración de su viaje dirigida a su rey, que dejó en previsión de que les sucediese alguna tragedia durante el regreso; la otra estaba dirigida a Scott.

 

Después de recoger el campamento abandonaron aquel lugar con el que tanto habían soñado y al que denominaron Polheim (la casa del Polo). El chasquido del látigo volvió a poner en marcha los trineos y comenzaron a alejarse en dirección Norte; habían terminado la mitad de la aventura, ahora tenían por delante la otra mitad, el regreso, que podía ser tan peligroso o más que la ida. Según se iban alejando, volvían sus cabezas una y otra vez para ver cómo disminuía en la distancia aquel lugar, aparentemente igual a cualquier otro en cientos de kilómetros a la redonda, pero todo un símbolo para el ser humano en su búsqueda por alcanzar lo más recóndito, misterioso y peligroso.

 

                  Javier Cacho Gómez, Amundsen-Scott: Duelo en la Antártida

                  Libro

 

La Conquista de la Antártida

 

La Conquista de la Antártida. Una de las grandes hazañas del hombre sobre la tierra. ¡Algo increíble y portentoso!

Colección Grandes Viajes, Año X, No. 120, 14 de noviembre de 1972, Editorial Novaro México.

No aparece ninguna información acerca del guionista ni del ilustrador.

 

El cómic trata sobre cómo la humanidad descubrió el sexto continente de manera paulatina, a través de diferentes expediciones polares, en un periodo de tiempo que va desde el siglo XVI al siglo XX. Un recorrido monográfico y puntual que podría inquietar e inspirar al público no iniciado en el Polo Sur.

Cómic