You are love (toujours gai mon cher)

 


Composición de Teo Macero

Letra y voz de Janis Ian


Tema ex profeso para la película Virus (1980), dirigida por Kinji Fukasaku, basada en la novela de Sakyo Komatsu.


What's the time?

Where's the place?

Why the line?

Where's the race?

just in time, I see your face

Toujours gai, mon cher


You are the star

that greets the sun

Shine across my distant sky

when night is done

You'll be the moon to light my way

Toujours gai, mon cher


It's not too late to start again

It's not too late

though when you go away the skies will grey again

In the time that remains,I will stay

Toujours gai, mon cher


No regret

for the light that will not shine

No regret,

but don't forget, the flame was mine and in another place,

in another time

Toujours gai, mon cher


It's not too late to start again

It's not too late

though when you go away

the skies will grey again

In the time that remains,

I will stay

Toujours gai, mon cher


Halfway measures go unsung

Take your pleasures while you're young

Just remember, when they're done,

Toujours gai, mon cher

 


 

Virus

 

Otoño de 1982. El virus MM-88, a través de una pandemia de influenza,provocó la muerte de la mayoría los humanos. Sólo han sobrevivido 863 personas en la Antártida y los tripulantes del submarino nuclear británico HMS. Dicho virus es inactivo a los -10 ºC.

 

¿Cómo sucedió? ¿Existe alguna esperanza para los sobrevivientes?

¿El doctor Leisenhau podrá encontrar la vacuna?

¿Por qué, a pesar de todo, persiste el peligro de una catástrofe nuclear?

Virus Fukkatsu no hi (Japón, 1980)
Película de ciencia ficción dirigida por Kinji Fukasaku, 
Guión: Kôji Takada, Kinji Fukasaku, Gregory Knapp, basado en la novela de Sakyo Komatsu.
Fotografía: Daisaku Kimura
Música: Kentaro Haneda, Teo Macero

Reparto: Glenn Ford, Robert Vaughn, Masao Kusakari, George Kennedy, Bo Svenson, Henry Silva, Chuck Connors, Olivia Hussey, Edward James Olmos, Tsunehiko Watase, Isao Natsuyagi, Sonny Chiba, Kensaku Morita, Toshiyuki Nagashima, George Touliatos, Stuart Gillard, Ken Ogata, Sonny Chiba…

 










 


 


Aquí se puede ver el filme completo con subtítulos en español:




 



El abismo de Maracot

 

Cuando acabé de escribir todo esto bajé a tierra para darme un último paseo, ya que a la mañana siguiente zarparíamos a primera hora. Creo que fue una suerte que lo hiciera, porque en el muelle se había armado una pelea impresionante, Maracot y Bill Scanlan estaban metidos en ella. Bill siente cierto regustillo por las broncas y sabe hacer lo que él llama «zurrar fuerte con ambos puños»; pero con media docena de navajeros rodeándolos, la cosa no tenía buen aspecto. Por eso era el momento oportuno para entrometerme. Al parecer, el doctor había alquilado uno de esos chismes que llaman coches de alquiler, y había recorrido media isla inspeccionando su geología, pero olvidando completamente que iba sin dinero. Cuando fue a pagar, no consiguió hacerse comprender por aquellos palurdos, y el cochero le quitó el reloj para asegurarse de que le pagaría. Aquello obligó a Bill Scanlan a entrar en acción y, de no haber aparecido yo para arreglar el asunto con uno o dos dólares que le entregué al conductor y cinco dólares de bonificación para el tipo que se había ganado un ojo amoratado, ambos hubieran acabado en el suelo con la espalda hecha un acerico. Afortunadamente, el asunto terminó bien y Maracot me pareció más humano que nunca. Cuando regresamos al barco me llamó al pequeño camarote que guarda para sí y me dio las gracias.

—Por cierto, señor Headley —dijo—, tengo entendido que no está casado.

—No —repuse—, no lo estoy.

—¿Nadie depende de usted?

—No.

—¡Bien! —dijo—. No he hablado del objeto de este viaje porque, debido a razones que sólo a mí incumben, deseaba mantenerlo en secreto. Una de estas razones era que tenía miedo de que se me adelantaran. Cuando los proyectos científicos se divulgan, le puede ocurrir a uno lo que a Scott le sucedió con Amundsen. Si Scott hubiese tenido la boca cerrada como yo he hecho, habría sido él, y no Amundsen, quien hubiese llegado primero al Polo Sur. En lo que a mí respecta, mi meta es tan importante como el Polo Sur, por eso he guardado silencio. Pero ahora que nos encontramos en vísperas de la gran aventura, ninguno de mis rivales tiene ya tiempo para robar mis proyectos. Mañana zarpamos para nuestra auténtica meta.

—¿Y cuál es? —pregunté.

Se inclinó hacia delante, y su rostro ascético se iluminó con el entusiasmo del fanático.

—Nuestra meta —dijo— es el fondo del océano Atlántico.

 

                                                   

Cuando acabé de escribir todo esto bajé a tierra para darme un último paseo, ya que a la mañana siguiente zarparíamos a primera hora. Creo que fue una suerte que lo hiciera, porque en el muelle se había armado una pelea impresionante, Maracot y Bill Scanlan estaban metidos en ella. Bill siente cierto regustillo por las broncas y sabe hacer lo que él llama «zurrar fuerte con ambos puños»; pero con media docena de navajeros rodeándolos, la cosa no tenía buen aspecto. Por eso era el momento oportuno para entrometerme. Al parecer, el doctor había alquilado uno de esos chismes que llaman coches de alquiler, y había recorrido media isla inspeccionando su geología, pero olvidando completamente que iba sin dinero. Cuando fue a pagar, no consiguió hacerse comprender por aquellos palurdos, y el cochero le quitó el reloj para asegurarse de que le pagaría. Aquello obligó a Bill Scanlan a entrar en acción y, de no haber aparecido yo para arreglar el asunto con uno o dos dólares que le entregué al conductor y cinco dólares de bonificación para el tipo que se había ganado un ojo amoratado, ambos hubieran acabado en el suelo con la espalda hecha un acerico. Afortunadamente, el asunto terminó bien y Maracot me pareció más humano que nunca. Cuando regresamos al barco me llamó al pequeño camarote que guarda para sí y me dio las gracias.

—Por cierto, señor Headley —dijo—, tengo entendido que no está casado.

—No —repuse—, no lo estoy.

—¿Nadie depende de usted?

—No.

—¡Bien! —dijo—. No he hablado del objeto de este viaje porque, debido a razones que sólo a mí incumben, deseaba mantenerlo en secreto. Una de estas razones era que tenía miedo de que se me adelantaran. Cuando los proyectos científicos se divulgan, le puede ocurrir a uno lo que a Scott le sucedió con Amundsen. Si Scott hubiese tenido la boca cerrada como yo he hecho, habría sido él, y no Amundsen, quien hubiese llegado primero al Polo Sur. En lo que a mí respecta, mi meta es tan importante como el Polo Sur, por eso he guardado silencio. Pero ahora que nos encontramos en vísperas de la gran aventura, ninguno de mis rivales tiene ya tiempo para robar mis proyectos. Mañana zarpamos para nuestra auténtica meta.

—¿Y cuál es? —pregunté.

Se inclinó hacia delante, y su rostro ascético se iluminó con el entusiasmo del fanático.

—Nuestra meta —dijo— es el fondo del océano Atlántico.

 

                                   Arthur Conan Doyle, El abismo de Maracot

                                   Libro


 

 

 

Cuando el Mundo gritó

 

—¿Tiene cita el señor?— me preguntó.

—Naturalmente.

Miró una lista que tenía en la mano.

—¿Su nombre, señor?… Sí, desde luego, míster Peerles Jones… A las diez y treinta.

Perfectamente. Hemos de tomar precauciones, míster Jones, los periodistas no nos dejan en paz. Ya sabrá usted que el profesor no quiere trato alguno con la prensa. Por aquí, señor. El profesor Challenger está preparado para las visitas.

Instantes después me vi en su presencia. Mi amigo, Ted Malone, ha descrito al hombre en su historia de El mundo perdido mucho mejor de lo que yo sabría hacerlo, de modo, pues, que a ella me remito. Todo lo que percibí fue un enorme busto detrás de una mesa de caoba, con unas grandes barbas negras de forma de azada y dos grandes ojos grises medio cubiertos por unos párpados insolentes, entornados. Su cabezota estaba algo echada hacia atrás, sus barbazas erizadas hacia

adelante y todo su aspecto en conjunto producía una impresión de arrogante intransigencia. Era como un cartel que dijese: «¿Qué diablos quiere usted?» Dejé mi tarjeta encima de la mesa.

—¡Ah, sí! —exclamó, recogiendo la tarjeta y manipulándola como si le desagradase el olor de la misma—. De modo que usted es Míster Jones…, Míster Peerles Jones. Agradezca a su padrino la ocurrencia, pues ese divertido nombre de pila llamó mi atención hacia usted.

—Profesor Challenger, he venido a tratar de negocios y no a discutir acerca de mi nombre de pila—le dije con toda la dignidad de que fui capaz.

—Vaya, vaya, míster Jones, parece que es usted persona muy susceptible. Hay que andarse con cautela al tratar con usted, míster Jones. Por favor, siéntese y cálmese. He leído un folleto acerca de la posibilidad de cultivar la península del Sinaí. ¿Lo escribió usted?

—¡Naturalmente, puesto que yo lo firmo!

—Muy bien, muy bien, aunque no siempre ocurra eso, ¿verdad? Pero acepto sin más su afirmación. No carece de ciertos méritos su obra. Bajo la pesadez del estilo, brillan aquí y allá algunas ideas. Sí, no faltan gérmenes de ideas de cuando en cuando. ¿Es usted casado?

—No, señor.

—En tal caso, ya existe cierta posibilidad de que guarde usted un secreto.

—Si yo prometiese guardarlo, lo guardaría sin ningún género de dudas.

—Eso dice usted. Malone, mi joven amigo —hablaba de Ted como si este fuese un chico de diez años—, tiene buen concepto de usted. Asegura que puedo confiar en usted. Pero aquí se trata de algo de importancia extraordinaria, porque estoy metido en uno de los más trascendentales experimentos de la Humanidad. Quizás el más grande experimento de todas las épocas. Le pido que participe en ese secreto.

—Será para mí un honor.

—Lo es, desde luego. Reconozco que no habría dado participación en mis trabajos a nadie, a no ser porque la índole gigantesca de la empresa requiere el concurso de la más elevada capacidad técnica. Obtenida, pues, su promesa de secreto inviolable, paso al asunto en cuestión: la Tierra en que vivimos es en sí un organismo viviente, dotado, según creo, de circulación, respiración y sistema nervioso propio.

Evidentemente, me hallaba ante un lunático.

—Observo que su cerebro no responde —prosiguió—, pero poco a poco irá aceptando la idea. Fíjese en cómo un margal o un brezal sugieren la idea del lomo velludo de un animal gigantesco. Existe de un extremo a otro de la naturaleza cierta analogía. Piense usted en los alzamientos y descensos de la Tierra, que son indicio de la lenta respiración del ser en cuestión. Por último, observe los estremecimientos y arañazos que a nuestros sentidos liliputienses les parecen terremotos y convulsiones.

—¿Y qué me dice de los volcanes? —pregunté.

—¡Pues sí! Que corresponden a los brotes de fiebre de nuestros cuerpos.

El cerebro me daba vueltas tratando de encontrar alguna respuesta a tan estrafalarias afirmaciones.

—¡La temperatura! —exclamé—. Pero ¿no es cierto que sube rápidamente a medida que se profundiza en el interior de la Tierra, y que el centro de la misma es de fuego líquido?

Hizo a un lado mi afirmación con un vaivén de la mano.

—Posiblemente sepa usted que la Tierra está achatada por los polos. Eso se enseña en las escuelas primarias y hoy en día es obligatoria la asistencia a las mismas. Eso significa que el polo está más cerca del centro que de cualquier otro punto del globo, ¿verdad?

—Todo ello es completamente nuevo para mí.

—Claro que lo es. Constituye el privilegio de los pensadores originales el exponer ideas que resultan nuevas y que de ordinario son mal recibidas por la gente vulgar. Veamos, señor, ¿qué es esto? Me mostró un objeto pequeño que había cogido de la mesa.

—Yo diría que es un erizo de mar.

—En efecto lo es, —exclamó con exagerada expresión de sorpresa, lo mismo que un niño que ha hecho una habilidad—. Es un erizo de mar, un echinus corriente. La Naturaleza se repite en muchas formas, con independencia de tamaños. El erizo de mar es un modelo, un prototipo de nuestra Tierra. Fíjese en que es aproximadamente circular, pero achatado en los polos. Consideremos, pues, a la Tierra como a un inmenso echinus. ¿Qué tiene usted que objetar a eso?

Mi principal objeción era que todo aquello resultaba demasiado absurdo para ser discutido, pero no me atreví a decírselo. Rebusqué una idea menos terminante, y contesté:

—Un ser viviente necesita alimentarse. ¿Dónde iba a encontrar la Tierra para sustentar su inmenso cuerpo?

—Excelente observación, excelente —dijo el profesor con aires de inmensa condescendencia y superioridad—. Tiene usted visión rápida de lo evidente, aunque sea la comprensión lenta para implicaciones más sutiles. ¿De qué se alimenta la Tierra? Volvamos otra vez a nuestro amiguito el erizo de mar. El agua que lo rodea por todas partes fluye por los conductos tubulares de este animalito proporcionándole alimento.

—Según eso, cree usted que el agua…

—No, señor. El éter. La Tierra pace en un camino circular por los campos del espacio, y a medida que se mueve, el éter penetra en ella y la atraviesa alimentándola. Todo un rebaño de pequeños erizos de mar, Venus, Marte y demás planetas realizan la misma tarea. Cada cual tiene su campo donde pastar.

Aquel hombre estaba ciertamente loco, resultaba imposible discutir con él. Aceptó mi silencio como conformidad y me sonrió de la manera más generosa. Luego prosiguió:

—Veo que ya vamos comprendiendo. La luz empieza a penetrar en su cerebro. Al principio deslumbra, pero nos acostumbramos pronto a ella. Le ruego me preste atención mientras le hago un par de observaciones sobre este animalito que tengo en mi mano… Vamos a suponer que en este caparazón exterior duro se moviesen algunos insectos infinitamente pequeños. ¿Se daría cuenta el erizo de su existencia?

—Yo diría que no.

—Pues de idéntica manera podemos suponer que la Tierra no tiene la más remota idea de la forma como es utilizada por la raza humana. Es completamente ajena a la existencia de esta excrescencia de vegetación y de la evolución de estos minúsculos animaluchos que ha ido recogiendo sobre sí durante sus viajes alrededor del Sol, igual que un viejo bajel va reuniendo percebes en su casco. Así están las cosas en la actualidad, pero yo me propongo alterarlas.

Me lo quedé mirando atónito:

—¿Que se propone usted alterarlas?

—Me propongo conseguir que la Tierra se entere que existe por lo menos una persona, George Edward Challenger, que hay que tener en cuenta, mejor dijo, que reclama su atención. Hasta ahora jamás recibió una exigencia de esta clase.

 

                                         Arthur Conan Doyle, Cuando el Mundo gritó

                                         Libro



 

Mundo Perdido

 

Nos alejamos de allí en silencio y seguimos costeando la línea de los acantilados, que proseguía tan idéntica y sin soluciones de continuidad como algunos de esos monstruosos campos de hielo de la Antártida, que había visto descritos abarcando todo el horizonte y cayendo a plomo sobre los mástiles del navío explorador. En cinco millas no vimos ni una grieta, ni una abertura. Y de pronto percibimos algo que nos llenó de nuevas esperanzas. En un hueco de la roca protegido de la lluvia había una flecha dibujada rústicamente con tiza,

que apuntaba hacia el oeste.

–Maple White otra vez –dijo el profesor Challenger–. Tenía algún presentimiento de que otros dignos pasos seguirían pronto a los suyos.

–Por lo visto llevaba tiza, ¿no es cierto?

–Una caja de tizas de colores figuraba entre los efectos que yo encontré

en su mochila. Recuerdo que la blanca estaba desgastada hasta que apenas quedaba un resto.

  

                                                         Arthur Conan Doyle, Mundo Perdido

                                                         Libro