Polo Sur

 

 Éramos un grupo feliz que, reunidos esa primera noche en la cabaña, brindamos por el futuro con la música del gramófono. Llevamos a la cabaña a todos los perros, también a los cachorros ya crecidos, y los atamos alrededor de un recinto cuadrado hecho de cuerdas de cuarenta y cinco metros de lado. Y, aunque parezca mentira, sus ladridos eran para nosotros como la música de un concierto. Reunidos como estaban y, bajo la batuta de algún gran director de orquesta, de día nos ofrecían conciertos y, lo que era peor, también de noche. ¡Extraños animales! ¿Qué querrían decirnos con esos aullidos? Comenzaba uno, después dos más, y al final los cien aullaban al unísono. Por regla general, durante estos conciertos permanecían sentados, estirando sus cabezas hacia arriba tanto como podían y aullaban con todo su corazón. Se les veía muy concentrados y no era fácil distraerlos. Pero lo más extraño era cómo terminaba su demostración. Todos paraban de golpe. No había ningún rezagado, ni resonaba la tan acostumbrada petición de «otra, otra». ¿Cómo lo hacían para callarse todos a la vez? Había estudiado el hecho una y otra vez, pero siempre sin llegar a un resultado claro. Se podía pensar que todo era una canción aprendida. ¿Poseerán estos animales la capacidad de comunicarse entre ellos? La cuestión es extraordinariamente interesante. Después de tanto tiempo tratando con perros esquimales, ninguno de nosotros duda de que sea así. Al final terminé por entender sus diferentes sonidos, y podía saber por sus ladridos lo que estaba sucediendo aun sin verlos. Luchas, juegos, amores, etc., cada uno tenía su sonido especial. Si querían demostrar afecto y cariño a sus guías, lo hacían de muchas formas diferentes. Si alguno hacía algo mal —sabían perfectamente que había cosas prohibidas, como por ejemplo robar comida de los almacenes—, los demás, que no habían tomado parte, daban rienda suelta a un tipo de sonido totalmente distinto a los ya mencionados. Muchos de nosotros aprendimos a diferenciar cada uno de estos sonidos. Difícilmente puede encontrarse un animal más interesante para observar y que le ofrezca a uno tal variedad de estudios como el perro esquimal. De su antecesor, el lobo, ha heredado el instinto de la supervivencia, la ley del más fuerte, en mucho mayor grado del que poseen nuestros perros domésticos. La lucha por la vida comienza en una temprana madurez, lo que les proporciona cualidades tales como grandes dosis de resistencia y frugalidad. Su inteligencia es aguda, clara y preparada para desarrollar el trabajo para el que han nacido y en las condiciones en las que se tiene que realizar. No debemos considerar al perro esquimal como lento en el aprendizaje porque no se siente cada vez que le demos un terrón de azúcar; estos pequeños juegos no tienen nada que ver con las serias tareas en las que tiene que emplear su tiempo, nunca llegará a comprender bien del todo lo del terrón de azúcar. La ley del más fuerte es su única norma. La voz del que manda es indiscutible, todo le pertenece. Los débiles se tienen que conformar con las migajas. El sentido de la amistad aparece de una forma espontánea entre ellos, pero siempre acompañada por el respeto y el miedo al más fuerte. El débil, con su instinto de protección, busca la seguridad del fuerte. El fuerte acepta la posición de protector y así se asegura un leal servidor pensando en que pueda aparecer uno más fuerte que él… y eso mismo ocurre en sus relaciones con el hombre. El perro ha aprendido a valorar al hombre como su benefactor y de quien recibe todo lo que necesita. El afecto y la lealtad también juegan un papel importante en esa relación, pero no hay duda de que, si analizamos más a fondo todas estas cuestiones, de una u otra forma el instinto de supervivencia está en la raíz de todo. Como consecuencia de ello, el respeto por su dueño es mucho más grande del que pueda llegar a tener un perro doméstico, que sólo entiende este respeto por miedo a un posible castigo. Podría quitar la comida de la boca a cualquiera de mis doce perros sin vacilar, y ninguno de ellos intentaría morderme. ¿Y por qué? Porque saben que, de otro modo, la próxima vez quizá se queden sin comida. No intentaría hacer lo mismo con un perro doméstico. Este defendería su comida incluso con los dientes si fuese necesario. Y eso a pesar de que estos perros muestran la misma apariencia de respeto que los otros. Entonces, ¿cuál es la razón? Pues que su respeto no está basado en convicciones sólidas, como el instinto de supervivencia, sino simplemente en el miedo a una paliza. Ejemplos como este indican que sus convicciones son débiles; el deseo de comida vence al miedo del palo, y el resultado es un mordisco.

                                                                         Roald Amundsen, Polo Sur

                                                                          Libro

 


 


 

Men Wanted

 

"Se buscan hombres para viaje peligroso.  Salario bajo, frío penetrante, largos meses en la más completa oscuridad, peligro constante, y escasas posibilidades de regresar con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito."

Anuncio de Shackleton que nunca existió y por lo tanto nunca fue publicado en el diario británico The Times.

 

Sur

 

El 20 de agosto, vimos un maravilloso espejismo del tipo Fata Morgana. El día estaba claro y luminoso, con un cielo azul y algo de escarcha en el aire.

«El lejano témpano se yergue como una altísima barrera de acantilados que se reflejan en lagos azules y vías de agua en su base. Grandes ciudades blancas y doradas de aspecto oriental a breves intervalos a lo largo de estos acantilados muestran témpanos distantes, algunos que nunca habíamos visto. Flotando sobre estos, hay temblorosas líneas de color violeta y crema de témpanos y bancos aún más remotos. Las líneas se elevan y caen, tiemblan, se disipan y reaparecen en una escena de interminable transformación. La banquisa y los témpanos meridionales, que atrapan los rayos del sol, son dorados, pero hacia el norte, las masas de hielo son púrpuras. Aquí los témpanos adoptan formas cambiantes, primero un castillo, luego un globo alejado del horizonte, que se convierte rápidamente en un hongo, una mezquita o una catedral. La principal característica es el alargamiento vertical del objeto, un pequeño cordón de presión con el aspecto de una línea de almenas o altísimos acantilados. El espejismo es producido por la refracción y se intensifica por las columnas de aire relativamente caliente que sube de varias grietas y canales que se han abierto de diez a treinta kilómetros al norte y al sur».

                                                                   Ernest Henry Shackleton, Sur

                                                                   Libro




Antártida

 

 

Antártida (España, 1995)

Dirección: Manuel Huerga

Guión: Francisco Casavella

Fotografía: Javier Aguirresarobe

Música: John Cale

 

María y Rafa, dos perdedores que se conocen en un café del cual roban 9 kilos de heroína un poco por accidente. En consecuencia, comienzan a ser perseguidos por un traficante coludido con la policía, pero también por un misterioso detective. El viaje de huida los llevará hacia un lugar cualquiera pero en la periferia del mundo.

 

"La ansiedad de todas las mañanas sigue, y sigue el dolor pero ya no quema. Todo se ha vuelto ligero como una pluma. Ya no hay sueños pero tampoco pesadillas. Las voces no me llaman aunque sé que están ahí esperándome. Nada importante. Parece que todo pasó hace un siglo. Enterramos al detective bajo la higuera no muy lejos de la puerta de casa. Tengo la sensación de que aún vigila. Rafa se pasa horas arreglándolo todo a su manera, que es la mía ya para siempre. Y su abuela escucha el ruido de los coches que pasan por allá arriba, en otro mundo, y nunca paran. Nadie ha vuelto por aquí, nadie ha molestado, yo he llegado a este lugar para quedarme, con una familia como las demás, en un mundo tan frío como cualquier otro, para vivir una vida tan corta tan larga como la de cualquiera. Aquí, en la Antártida."


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