Moby Dick

 

 

Al indio nativo del Perú, la continua visión de los Andes, con la nieve encima como el baldaquino sobre un elefante, no le infunde nada de temor, excepto, quizá, en el mero fantasear sobre la eterna desolación helada que reina en tan vastas alturas, y la natural consideración de qué terror sería perderse en tan inhumana soledad. Mucho de lo mismo le ocurre al colonizador de los bosques del Oeste, que con relativa indiferencia observa una pradera ilimitada revestida de nieve extendida, sin sombra de árbol o rama que rompa el inmóvil trance de blancura. No así el marinero, al observar el escenario de los mares antárticos, donde a veces, por algún infernal juego de prestidigitación en los poderes del hielo y del aire, él, tiritando y medio naufragado, en vez de arcoiris proclamando esperanza y consuelo para su miseria, observa lo que parece un ilimitado cementerio haciéndole muecas con sus descarnados monumentos de hielo y sus cruces astilladas.

                                                                         Herman Melville, Moby Dick

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Moby Dick

 

Es esta elusiva cualidad lo que causa que la idea de blancura, si se separa de las asociaciones más benignas y se une con cualquier objeto que en sí mismo sea terrible, eleve ese terror hasta los últimos límites. Testigo, el oso blanco de los Polos, y el tiburón blanco de los trópicos: ¿qué, sino su blancura suave y en copos, les hace ser esos horrores trascendentales que son? Esa blancura fantasmal es lo que comunica tal suavidad horrenda, aún más repugnante que aterradora, al mudo goce maligno de su aspecto. Así que ni el tigre de fieras garras, con su manto heráldico, puede estremecer el valor tanto como el oso o el tiburón blanco sudario.

Acuérdate del albatros: ¿de dónde vienen esas nubes de asombro espiritual y terror pálido en que ese blanco fantasma navega por toda imaginación?

                                                                              Herman Melville, Moby Dick 

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