The Forbidden Quest

 

The Forbidden Quest

(Países Bajos, 1993).

Falso documental (mockumentary) escrito y dirigido por Peter Delpeut.

Un reportero ha logrado entrevistar a J.C. Sullivan, el único sobreviviente de la expedición antártica de 1905.

En el filme se intercalan imágenes de expediciones reales tanto del Ártico (Amundsen) como de la Antártida (Amundsen, Scott, Shackleton).

También es posible encontrar referencias a la Teoría de la Tierra Hueca y de Las Esferas Concéntricas del capitán John Cleves Symmes Jr .

Y quizá, uno de los mejores aciertos de Peter Delpeut, es que lleva al espectador, de manera sutil, hacia la casi desconocida literatura antártica.



 

 

 


En las montañas de la locura

 

La conmoción que habíamos sufrido nos transformó en estatuas mudas e inmóviles, y sólo más tarde supimos que en esos instantes habíamos pensado lo mismo. Nos quedamos así durante quince o veinte minutos interminables. La pálida niebla avanzaba hacia nosotros como empujada por una masa voluminosa…De pronto se oyó un sonido que nos hizo olvidar nuestros proyectos anteriores y, rompiendo aquel sortilegio maléfico, nos hizo correr locamente a lo largo de los megalíticos túneles, llegar a la torre circular y subir rápida y automáticamente por la rampa hasta encontrar al fin el aire y la luz del día.

Aquel nuevo sonido no era otro que el atribuido por Lake a las criaturas que había disecado. Se trataba, me dijo Danforth más tarde, del mismo que había oído, aunque más apagado, al nivel de la capa de hielo. Tenía ciertamente una curiosa semejanza con los silbidos del viento en las cavernas. Parecerá pueril, pero añadiré algo más, aunque sólo sea para demostrar de qué modo los pensamientos de Danforth se confundían con los míos. Naturalmente, nuestra interpretación tenía como base lecturas comunes, pero Danforth había sugerido una vez que Poe había debido recurrir a unas fuentes muy poco conocidas cuando estaba escribiendo Las Aventuras de Arthur Gordon Pym. Se recordará que en esa fantástica narración hay una palabra de significado desconocido, pero prodigiosa y terrible, y que gritan las aves gigantes, blancas como espectros, de aquellas malignas regiones antárticas: “¡Tekeli-li! “¡Tekeli-li!”Esto, debo admitirlo, es lo que creíamos oír en aquel grito que venía desde esa niebla blanca.

                                               H.P. Lovecraft, En las montañas de la locura

                                               Libro

 


 



 

 

 

La Esfinge de Los Hielos

 

El 10 de marzo, con igual longitud, la observación dio 76° 13' de latitud. Puesto que la Paracuta había recorrido unas 600 millas desde su partida de Halbrane-Land en veinte días, había llevado una velocidad de 30 millas por día. Siguiera así durante tres semanas, y todas las posibilidades serían de que los pasos no estuvieran cerrados, o que el banco de hielo pudiera ser contorneado, y también de que los barcos de pesca no hubieran aún abandonado sus caladeros.

Actualmente el sol estaba casi al ras del horizonte, y se acercaba la época en que todo el dominio de la Antártida quedaría envuelto en las tinieblas de la noche polar. Felizmente, yendo hacia el norte ganaríamos los parajes donde la luz brillaba aún.

Fuimos testigos de un fenómeno tan extraordinario como aquellos de que el relato de Arthur Gordon Pym está lleno. Durante tres o cuatro días, de nuestros dedos, de nuestros cabellos, de los pelos de nuestras barbas, se escaparon chispas acompañadas de estridente ruido. Estos luminosos penachos eran producidos por el contacto de una tempestad de nieve eléctrica. La Paracuta estuvo varias veces a punto de irse a pique –con tanta furia se agitaba la mar-, pero conseguimos salir sanos y salvos.

El espacio no se iluminaba ya más que imperfectamente.

Frecuentes brumas reducían a algunos cables únicamente el campo de visión. Así es que fue preciso ejercer gran vigilancia para impedir choques contra los témpanos flotantes, cuya velocidad era inferior a la de la Paracuta. Igualmente se observaba que por la parte sur el cielo se iluminaba frecuentemente con anchas ráfagas de luz, debidas a la irradiación de las auroras polares.

                                                   Jules Verne, La Esfinge de los hielos

                                                   Libro